20 enero 2017

#BEERNES 20 - POR PETENERAS


El viento de levante me acompañó durante todo el trayecto entre Tarifa y San Fernando. Había quedado para comer con Roberto en la Venta de Vargas. Él se recuperaba lentamente de una grave lesión de espalda que a punto estuvo de dejarlo convertido en la estatua que se merece que un día le pongan allí mismo, al lado de la de Camarón, pero me dijo que si los calmantes se lo permitían, vendría.

La mesa del patio reservada a mi nombre la ocupaban ya dos comensales cuando llegué, dos amigos de Cádiz con los que también había quedado aprovechando que el Guadalete pasa por Jerez. Unas mesas más allá, un padre y un hijo, de rasgos más japoneses que gitanos, no dejaron de mirarme desde que entré. El camarero me aclaró que estaban al tanto de que Roberto comería con nosotros y parecía que le esperaban con indisimuladas ganas.

Tras dos cervezas de cortesía, concluí que no vendría. Y en vez de llamarle al móvil para salir de dudas, le hice una señal al camarero para salir de hambres. Pocos minutos después, nuestra mesa se fue llenando de platos con tortillitas de camarones, croquetas de la Tía María, cazón en adobo y cola de toro, siempre bajo la atenta mirada de aquellos dos pares de ojos rasgados por la genética y la curiosidad.

Al terminar de comer, con la sobremesa al compás del aguardiente de la casa, el camarero vino con un libro entre las manos. Los señores japoneses, me dijo con una irónica sonrisa, no querían importunarme, pero estarían encantados si yo les firmara el ejemplar. Lo lógico habría sido declinar amablemente la invitación, así que acepté el bolígrafo que el camarero me ofrecía y en una página interior, bajo el título “Manteca colorá”, escribí:

“Para mis amigos japoneses, tras una agradable velada, con un afectuoso saludo. Montero Glez.”