
Era de esperar… La llamada al timbre de mi casa de la policía… Y, como si aquel sonido fuera el pistoletazo de salida de una carrera de cien metros lisos, mi cuñado salió corriendo por el pasillo para esconderse en el cuarto de baño, no sin antes volcar el revistero de una patada, golpear con su ojo sano el quicio de la puerta del salón y mentar a todos los dioses conocidos y por inventar.
“Sé a lo que vienen, porque no es la primera vez que me pasa”, les dije adelantándome a los acontecimientos aun a riesgo de que mi yo interior me estuviera llamando “tarotero” durante una buena temporada… “Y ustedes a quien buscan no es a mí, sino a mi cuñado, que, por supuesto, no vive aquí; la Comunidad no permite animales en el inmueble”…
“Su cuñado…”, contestó uno de los dos policías…
Y en su cara se dibujó un gesto que venía a decir claramente: “Me hago cargo de su desgracia. Yo también tengo un cuñado y, cada vez que viene a mi casa, si no hago uso de mi arma reglamentaria es por no dejar el parqué perdido de sangre y visceras, que no vea cómo se pone luego la parienta”...
“¿Y dónde se supone que tiene que estar su cuñado?”, inquirió el que hacía de poli malo… “Porque en Media Markt nos han dado esta dirección…”
“Si de mi dependiera, señor agente, llevaría ya mucho tiempo luciendo un mono naranja en Guantánamo”…
El poli bueno asentía con la cabeza…
“No me ha contestado a mi pregunta”, insistía el poli malo…
“Cierto, señor agente. Pero a mí tampoco me han dado el Príncipe de Asturias a la Santa Paciencia y aquí sigo, sufriendo en silencio las consecuencias de los actos de mi cuñado”…
El poli bueno aguantaba el impulso de abrazarse a mí como gesto de comprensión y solidaridad…
“Su cuñado está metido en buen lío. Tiene puestas cuatro denuncias por agresión, dos por destrozos de material y una por robo de cedés. Espero que sepa lo que esto significa y que colabore con nosotros”, concluyó el poli malo…
“Nada me gustaría más, señor agente, que entregarles a mi cuñado y añadir a su ficha un par de cargos incriminatorios más”…
El poli bueno parecía estar a punto de echarse a llorar de la emoción… Pero sólo lo parecía. Lo que realmente le pasaba es que tenía una imperiosa necesidad de ir al baño, algo que me solicitó con tanta corrección y delicadeza que me dolió mentirle diciéndole que no, que no podía utilizar mi cuarto de baño porque mi mujer estaba duchándose precisamente en ese momento. A punto estuve de decirle que sí, que entrara sin mayor problema pero, sólo de imaginar que luego me tocaría a mí limpiar la sangre y las vísceras de las paredes y que sería la comidilla de la próxima reunión de vecinos por los disparos escuchados en mi casa, se me quitaron las ganas. El poli bueno, con un simple gesto de cabeza, le hizo ver a su compañero que o se iban ya o él le esperaba en el bar de abajo, que no aguantaba más.
“Avísenos si aparece por aquí el delincuente de su cuñado”, concluyó el poli malo a modo de despedida.
“Valga la redundancia”, contesté.
Sólo cuando oyó que cerraba la puerta de entrada, el cobarde de mi cuñado abandonó su escondite. Y justo antes de que yo pudiera empezar a matarlo, dijo:
“Sigo pensando que te vendría muy bien un televisor de plasma en vez del bidé”…
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