20 febrero 2017

Yo lo he visto... (163)


La parte superior de la pared, decorada con una generosa lista de tapas. Debajo, un cartel anuncia la Tapa del Mes: NO HAY. Y más abajo, escrito a mano, “Chicharrones”.


Moraleja: el dueño, el cocinero y el camarero no se hablan entre ellos.

17 febrero 2017

#BEERNES 24 – TODO TIENE UN FINAL… O NO.


Recuerdo cuando, hace ya muchos años, yo me empeñaba en terminar de leer cualquier texto que pasara por mis manos: desde el prospecto de un jarabe contra la tos hasta el “Un millón de muertos” de Gironella. Y sostenía la firme convicción de que si no eras capaz de leer una novela hasta el final no eras un buen lector…

Pasó el tiempo… Descubrí que la Literatura es, o poco le queda, infinita. Y que las estanterías de mi salón y de mi despacho jamás podrían dar suelo, techo y cariño a todas las obras que uno quisiera leer y retener. Fue entonces cuando me puse serio. O borde. A cada nuevo libro le concedía el beneplácito de las cuarenta primeras páginas. Una vez llegado a ese límite, si no me gustaba, y mira que nunca he llegado a acostumbrarme, lo cerraba, lo devolvía a la estantería que nunca mencionas cuando te preguntan qué te llevarías a una isla desierta, y me zambullía en la prometedora piscina de un nuevo libro por descubrir.

Hoy me he despertado con unas ganas terribles de salir corriendo. No te diré el nombre del autor porque tampoco pretendo que dejes de leer los libros de Ruiz Zafón, pero es que ayer dejé por imposible una novela suya a la mitad… Sin embargo, esta noche los personajes de la novela se han colado en la cartelera de películas de mi sueño y he tenido el inmenso placer de disfrutar de una maravillosa historia, cautivadora, cercana, plena. Hasta Carlos Boyero le habría concedido la máxima puntuación si la hubiera visto en el Festival de Cine de San Sebastián…

Lo he pasado tan bien que estoy deseando volver a leer malas novelas. Para dejarlas a la mitad, cerrar los ojos y dejar que sea mi imaginación la que se encargue de prepararme el mejor final posible para cada historia…


10 febrero 2017

#BEERNES 23 - EL DÍA DE LOS ENAMORADOS


Cada vez que se acerca el 14 de febrero me acuerdo de lo que le sucedió al vecino del cuarto derecha. Bueno, al antiguo vecino del cuarto derecha…:

El buen hombre pensó que no era mal precio. Trescientos euros por contratar los servicios de aquella prostituta durante dos horas para llevarla a cenar entraba dentro de su presupuesto. De esta forma podría cumplir a rajatabla su promesa de que de ese año no pasaba: celebraría, por fin acompañado, el día de San Valentín. Y a los ojos de todo el mundo parecería un hombre felizmente enamorado. Y, al día siguiente, podría contar en su oficina la misma historia llena de detalles de amor y lujo que, durante años, había tenido que soportar en boca de sus compañeros de trabajo.

Eligió con esmero en las páginas amarillas un restaurante que le asegurara un ambiente cálido, velas y música de violines. La prostituta, una guapa joven de veinte años con necesidad de pagarse los estudios de enfermería, cumplió con creces su papel y acudió a la cita vestida con un elegante vestido negro muy escotado que, por supuesto, él le había regalado esa misma tarde.

Durante la cena, el guión preestablecido y acordado cambió de rumbo. Fue después del segundo plato. Una de las camareras se acercó a su mesa para ofrecerles la carta de postres. El calambre entró por los ojos y bajó por toda la espina dorsal de mi vecino. Fue un flechazo. “Creo que me he enamorado de esa mujer”, le confesó sincero a su acompañante.

Ella, fiel a su papel de “novia-celebrando-el-día-de-San-Valentín-con-su-prometido”, no dudó un instante en asir con fuerza el cuchillo… y usarlo. Aun a sabiendas de que ya no cobraría por aquel trabajo.


06 febrero 2017

Yo lo he visto... (161)


Mi abuelo y mi bisabuelo
Fueron siempre bodegueros
Ya sé de dónde me viene
Mi afición al… romancero.


#Cádiz #Carnaval 

03 febrero 2017

#BEERNES 22 - MUDANZA


El portero irradia felicidad. Cada vez que un vecino se muda, el portero irradia felicidad. Piensa que se quita un peso de encima (los vecinos somos pesos para él) y que se abre la oportunidad de que el nuevo inquilino sea alguien de su gusto. Algo que, obviamente, nunca sucede.

El portero se maneja muy bien con los operarios de las empresas de mudanza. Siente que tiene poder sobre ellos, aunque siempre son ellos los que le tienen a sus órdenes vigilándoles el camión, ayudando a cargar portes hasta el ascensor o advirtiendo a los peatones de que vigilen sus cabezas no vaya a caérseles encima el piano de cola que están subiendo por la fachada para colarlo por un ventanal.

Hoy están desalojando la consulta del psiquiatra. Pobre hombre. No volvió tras ser detenido. Espero que le vaya bien en la cárcel y que pueda aprovechar en su propio beneficio su habilidad leyendo las cartas del tarot. Era lo que realmente se le daba bien. Me consta que hacía tumbarse en el diván a sus pacientes, les invitaba a cerrar los ojos mientras le contaban sus problemas y él aprovechaba la situación para echar las cartas. Sus conclusiones dependían más de lo que le sugerían el ahorcado, el mago, el ermitaño o la rueda de la fortuna que las teorías de Freud, Jaspers o Kraepelin.


El portero irradia felicidad y no sabe que su problema no ha hecho más que empezar. Esta noche, cuando el piso del psiquiatra haya sido vaciado, el portero escuchará ruidos. Al principio le parecerán simples crujidos. Luego los identificará con pasos firmes sobre el parqué. Incluso tendrá la sensación de haber percibido algún lamento prolongado. Y su felicidad se tornará en pánico. Una voz interior le advertirá de que los operarios de la mudanza se han llevado los muebles pero se han dejado los fantasmas. Se prometerá a sí mismo no volver a ver el programa de Iker Jiménez, pero esta noche no dormirá. Ni las siguientes…

27 enero 2017

#BEERNES 21 - MERAS COINCIDENCIAS


La ilusión que me hizo recibir la llamada de aquel municipio se esfumó rápidamente cuando descubrí que no era el jurado del concurso al que me había presentado y que me comunicaba mi condición de ganador del suculento premio del mismo quien me llamaba, sino un inspector de la comisaría solicitando que facilitase mi ubicación exacta y ordenando que no me moviera de aquí hasta nueva orden.

Poco tardó en personarse una pareja de policías nacionales en mi casa procediendo a esposarme y a conducirme al furgón policial que esperaba abajo con las puertas abiertas, las luces encendidas y la curiosa atención de los ocasionales a la vez que numerosos viandantes.

Durante el trayecto hasta la comisaría, tuvieron a bien informarme de que estaba detenido como sospechoso autor del asesinato de una joven vecina del pueblo del que había recibido la llamada. Me dijeron que el cadáver había sido encontrado prácticamente a la misma hora en que un jurado compuesto por el concejal de Cultura y Festejos, el maestro del pueblo y un periodista de la capital concedían el premio de finalista al relato que yo había enviado al concurso literario de la localidad y que tenía como protagonista a una joven que era asesinada en las mismas circunstancias que, al parecer, también lo había sido aquella muchacha.

El sujetador de encaje negro, el cuello roto, el haber sido encontrada en un sitio apartado y alejado de curiosas miradas… Demasiados elementos comunes como para catalogarlo fríamente de “meras coincidencias”. Me adelantaron que tendría que dar muchas explicaciones más allá del machaconamente repetido “es un simple relato de ficción” que yo esgrimía desesperado y en defensa propia.