
Este fin de semana he estado en la playa. No les digo exactamente qué playa porque Zahora, en Cádiz, no necesita publicidad, que con el Faro de Trafalgar al lado ya es bastante conocida por todo el mundo…
Paseando por las arenas infinitas (y que los herederos de Jorge Manrique no me acusen de plagio, que esto nunca lo dijo el poeta), me sorprendí de que no hubiera nadie en la playa. Lo que se dice nadie, ni un alma… Era como pasear por la ciudad cuando tienes la sensación de que se te ha olvidado algo… Pero más me sorprendí cuando comprobé que las olas seguían rompiendo en la orilla…
“Vaya”, pensé, “se han ido todos y se han dejado el mar encendido, con lo que tiene que gastar esto”…
Dispuesto a cortar de raíz tamaño despilfarro, dirigí mis pasos hacia el faro que veía allí a lo lejos. Al llegar, llamé al portero automático del faro…
“¿Quién es?”, preguntó una voz entre aflautada y cabreada, como si tuviera sintonizado el programa de Jiménez Losantos…
“Yo”, contesté. Total, si no me conoce…
A pesar de mi escasa locuacidad explicativa, me abrió la cancela. Al abrirse la enorme puerta que custodiaba el faro, apareció Chanquete. O su doble.
“¿Es usted de Hacienda?”, preguntó poniéndose en lo peor desde el principio…
“No”
“¿Es usted del Círculo de Lectores?”
“No”
“¿Es usted de esos que vienen con el tuppersex?”
“No”
“Pues si es para el Domund, ya hemos dado”
“No”
Sospechando que iba a darme con aquella enorme puerta en las narices, saqué de mi mochila un libro en edición de bolsillo de Paulo Coelho y le leí las dos primeras páginas. El fulano cayó fulminado en el acto.
Ya dentro del faro, me costó poco tiempo encontrar el cuadro de mandos. Y gracias a mi excelso conocimiento de los idiomas extranjeros, cambié la palanca que estaba en modo ON al modo OFF. Con la satisfacción de haber hecho algo bueno por el planeta, me marché. Fuera, anochecía…
A la mañana siguiente, mientras daba cumplida cuenta de una tostada con aceite y jamón serrano, leí en la prensa local que el hundimiento de varios barcos la noche anterior recordaba la batalla acaecida en aquella misma playa allá por 1805…
Paseando por las arenas infinitas (y que los herederos de Jorge Manrique no me acusen de plagio, que esto nunca lo dijo el poeta), me sorprendí de que no hubiera nadie en la playa. Lo que se dice nadie, ni un alma… Era como pasear por la ciudad cuando tienes la sensación de que se te ha olvidado algo… Pero más me sorprendí cuando comprobé que las olas seguían rompiendo en la orilla…
“Vaya”, pensé, “se han ido todos y se han dejado el mar encendido, con lo que tiene que gastar esto”…
Dispuesto a cortar de raíz tamaño despilfarro, dirigí mis pasos hacia el faro que veía allí a lo lejos. Al llegar, llamé al portero automático del faro…
“¿Quién es?”, preguntó una voz entre aflautada y cabreada, como si tuviera sintonizado el programa de Jiménez Losantos…
“Yo”, contesté. Total, si no me conoce…
A pesar de mi escasa locuacidad explicativa, me abrió la cancela. Al abrirse la enorme puerta que custodiaba el faro, apareció Chanquete. O su doble.
“¿Es usted de Hacienda?”, preguntó poniéndose en lo peor desde el principio…
“No”
“¿Es usted del Círculo de Lectores?”
“No”
“¿Es usted de esos que vienen con el tuppersex?”
“No”
“Pues si es para el Domund, ya hemos dado”
“No”
Sospechando que iba a darme con aquella enorme puerta en las narices, saqué de mi mochila un libro en edición de bolsillo de Paulo Coelho y le leí las dos primeras páginas. El fulano cayó fulminado en el acto.
Ya dentro del faro, me costó poco tiempo encontrar el cuadro de mandos. Y gracias a mi excelso conocimiento de los idiomas extranjeros, cambié la palanca que estaba en modo ON al modo OFF. Con la satisfacción de haber hecho algo bueno por el planeta, me marché. Fuera, anochecía…
A la mañana siguiente, mientras daba cumplida cuenta de una tostada con aceite y jamón serrano, leí en la prensa local que el hundimiento de varios barcos la noche anterior recordaba la batalla acaecida en aquella misma playa allá por 1805…

















