En la mesa de al
lado, se sienta una chica y saca de su bolso el libro “El palacio de la luna”
de Paul Auster, que deja junto al café que acaban de servirle. Mira hacia mi
mesa y ve que yo también tengo un libro de Paul Auster, “Creía que mi padre era
Dios”, sobre mi mesa. Sonríe disimuladamente sospechando que yo también estoy
esperando a mi cita a ciegas.
Pasa el tiempo y mi
cita no aparece. La suya tampoco. Pide otro café. Yo, otra cerveza. Mira la
hora en el móvil. Yo lo hago en el reloj que hay en la pared, encima de la
barra. Habla con una amiga. Yo miro por la ventana.
Una hora después,
ella podría levantarse de la mesa, acercarse a la mía y, con la excusa de los
dos libros, comentar la coincidencia, todo muy austeriano, sentarse, ponernos a
charlar, reírnos, pedir más cervezas, ya no es hora de café, rozarnos las manos
de manera tan casual como intencionada, reírnos más, pedir la cuenta, salir del
bar, pasear y planear si en su casa o en la mía.
Sin embargo, una hora
después, pide la cuenta, paga, se levanta, coge el bolso y se va sin siquiera
dirigirme una mirada cómplice. Sobre la mesa queda su libro de Paul Auster.
Miro de nuevo el reloj de la pared. Suspiro y hago lo mismo que ella.