Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

07 septiembre 2018

#BEERNES 81 – UNA BIBLIOTECA EDUCADA



A Elia Barceló, este cuento cuyo parecido con la realidad no es el del todo pura coincidencia


Con el tiempo, la biblioteca que yo frecuentaba se fue modernizando. Ahora ya no se necesitaba el carné de socio para entrar. Bastaba con poner el dedo índice sobre un minúsculo lector óptico para que éste reconociera tu huella digital y te permitiera el paso con un mensaje impreso en una pantalla: “Bienvenido, Eduardo”.

Todo iba bien, como siempre, hasta que decidí marcharme. Puse mi dedo índice sobre el mecanismo del torno de salida y en la pantalla apareció el mensaje: “Hasta pronto, Helena”.

Comenté la incidencia con el guardia de seguridad de la puerta. Éste se encogió de hombros y despachó el incidente con un desinteresado “Cosas de la tecnología…”

Salí a la calle. En mi mano llevaba la novela de Elia Barceló “El color del silencio” cuya protagonista se llama, sí, Helena…

13 julio 2018

#BEERNES 77 – CONFESIÓN



Mi marido te roba libros, dice. Sabe que escribes para esa revista, que te los mandan por correo. Cada día procura llegar del trabajo un rato antes que tú, mira tu buzón y, si descubre un sobre grande, lo coge y se lo lleva a casa. Seguro que has echado en falta muchos en los últimos meses. La buena noticia es que, mientras lee, está entretenido.
Apaga el cigarrillo en el cenicero de la mesilla de noche, se incorpora y busca por el suelo su ropa interior.

06 julio 2018

#BEERNES 76 – A LA MIERDA PAUL AUSTER



En la mesa de al lado, se sienta una chica y saca de su bolso el libro “El palacio de la luna” de Paul Auster, que deja junto al café que acaban de servirle. Mira hacia mi mesa y ve que yo también tengo un libro de Paul Auster, “Creía que mi padre era Dios”, sobre mi mesa. Sonríe disimuladamente sospechando que yo también estoy esperando a mi cita a ciegas.
Pasa el tiempo y mi cita no aparece. La suya tampoco. Pide otro café. Yo, otra cerveza. Mira la hora en el móvil. Yo lo hago en el reloj que hay en la pared, encima de la barra. Habla con una amiga. Yo miro por la ventana.
Una hora después, ella podría levantarse de la mesa, acercarse a la mía y, con la excusa de los dos libros, comentar la coincidencia, todo muy austeriano, sentarse, ponernos a charlar, reírnos, pedir más cervezas, ya no es hora de café, rozarnos las manos de manera tan casual como intencionada, reírnos más, pedir la cuenta, salir del bar, pasear y planear si en su casa o en la mía.
Sin embargo, una hora después, pide la cuenta, paga, se levanta, coge el bolso y se va sin siquiera dirigirme una mirada cómplice. Sobre la mesa queda su libro de Paul Auster. Miro de nuevo el reloj de la pared. Suspiro y hago lo mismo que ella.

15 junio 2018

#BEERNES 74 – FERIA DEL LIBRO (2ª PARTE)



(Puedes leer la primera parte AQUÍ)
Ordenando los cajones y pertenencias de su difunto marido, la mujer se topa con un libro en la mesilla de noche. “Cerrado por defunción” se titula.
La crueldad del destino, dice en voz alta. Y con un atisbo de humor negro, añade: porque ya no lo abrirá…
Ella, sin embargo, sí lo abre. Por las primeras páginas. Hasta toparse con la dedicatoria manuscrita del autor:
“Para Juan. Tus amigos no te olvidan. Supongo”.

08 junio 2018

#BEERNES 73 – FERIA DEL LIBRO (1ª parte)



Le confiesa que no recuerda cuándo ni por qué se le ocurrió el título “Cerrado por defunción” para su novela. Aun así, el lector le agradece la dedicatoria y se va con el libro en la mano. Al llegar a casa, el lector abre la novela por sus primeras páginas y lee: “Para Juan, premonitoriamente”.
A la mañana siguiente, una mujer coloca el cartel “Cerrado por defunción” en la puerta de entrada del establecimiento que hasta ayer regentaba Juan, su difunto marido.

16 marzo 2018

#BEERNES 62 – PLAGIO



Hacía tiempo que teñirse las canas había dejado de ser una de esas anotaciones obligadas en su agenda mensual. Le gustaba su melena blanca y dedicaba el dinero ahorrado en tintes a comprar libros. El último de ellos: una edición de bolsillo de “El Aleph” de Borges.

Con todo el día libre por delante, decidió acercarse al parque del Retiro a disfrutar de su nueva lectura. Eligió una mesa en una terraza junto al estanque, pidió una cerveza y abrió su libro por el primero de los cuentos.

No había llegado siquiera a la página 15 cuando notó a su lado la presencia de un hombre trajeado y con maletín. Se presentó como abogado y, de manera muy educada, le comunicó que tenía órdenes de denunciarla. “Le acuso de plagio”, le dijo. “¿Plagio?”, preguntó ella entre extrañada y temerosa de lo que pudiera hacerle aquel loco…

Efectivamente, según le explicó el abogado, aquella mujer, con su melena blanca y el libro de Borges entre las manos, estaba plagiando a su clienta María Kodama. Y ésta era muy mirada para esas cosas.

“Sólo le queda una opción para no ser denunciada”, añadió el abogado. “Cambie el libro de Borges por una lata de tomate de la marca Campbell’s. De esta manera, en vez de a María Kodama estará usted plagiando a Andy Warhol, pero ese no es cliente mío”…

08 marzo 2018

Hoy, paramos


En solidaridad con todas las mujeres, y especialmente con las de letras tomar, hoy paramos.
(Y gracias a Paula Bonet por permitirnos compartir su cartel)

16 febrero 2018

#BEERNES 58 - LA LETRA N




Desde pequeño supe que la letra N generaba cierta desconfianza en sus compañeras B y P, quienes no querían verla ni en pintura detrás suyo (supongo que la tenían asociada a palabras de las que es mejor huir, como Necrológica o Nauseabundo…)
Mi extrañeza se produjo cuando, hace unos días, leyendo “A puerta cerrada”, el último poemario de Luis García Montero, editado por Visor Libros, comprobé que también las vocales huían de la N de una manera nada metafórica, sino poniendo preventivos espacios en blanco de por medio.
¿En un libro de poemas? ¿Las vocales? Pensé en Neruda, Nooteboom, Novalis o Núñez… Poetas cuyo apellido comenzaba por N y que ya habían publicado en Visor sin que ninguna vocal se hubiera rebelado ante su presencia…
Le escribí un correo electrónico a Chus Visor, el editor, preguntándole si había tenido algún percance últimamente con la letra N, algo que diera pie a entender el extraño comportamiento de las vocales. Su respuesta fue tan escueta como aclaratoria. Contestó:
—N  o
Pensé en devolver el libro o cambiarlo por otro de la editorial Hiperión, el de Valeria Correa Fiz, por ejemplo, que no parecía tener conflicto alguno entre consonantes y vocales. Sin embargo, me topé con el poema Cuenta atrás y decidí que aquel libro, con sus conflictos entre letras y con la posibilidad latente de contagiar al resto de mi biblioteca, se quedaría conmigo para siempre.




10 noviembre 2017

#BEERNES 45 - HOY ES EL DÍA DE LAS LIBRERÍAS



Me acuerdo de que aprendí a leer muy pronto, antes que mis compañeros de clase…

 

Pero no me acuerdo de cuándo fue la primera vez que entré en una librería…

 

Me acuerdo de que no tenía asignada una paga semanal, pero mis padres nunca dejaron de darme dinero para comprar libros en la librería Cervantes de Miranda de Ebro…

 

Me acuerdo del primer libro que robé: “La filosofía en el tocador” del Marqués de Sade. Lo hice en El Corte Inglés de Bilbao, como venganza por el obligado cierre de una pequeña librería cercana a la que le había quitado buena parte del negocio…

 

Me acuerdo de mi envidia de todo lo que sabían de libros los encargados de la librería Fuentetaja de Madrid…

 

Me acuerdo de la ilusión que me hizo encontrar, después de muchos años de búsqueda, un ejemplar de “Los placeres y los días” de Marcel Proust en la librería Ateneo de Buenos Aires…

 

Me acuerdo de la sensación de estar entrando en una especie de templo el día que pisé la librería Renacimiento de Sevilla, cuando todavía estaba ubicada en el barrio de Santa Cruz…

 

Me acuerdo de la alegría que me entró en el cuerpo al ver por primera vez un libro mío en el escaparate de una librería…

 

Me acuerdo, faltaría más, de que ayer formé parte del jurado de un concurso de microrrelatos que viene organizando desde hace años Esperanza, la dueña de la librería El Gusanito Lector. El fallo se anuncia hoy y el ganador (o ganadora) tendrá un motivo de celebración.

 

Ustedes también pueden celebrar este Día de la mejor manera posible: acérquense a su librería favorita, o a la más cercana, y compren un libro. El “Me acuerdo” de Georges Perec, por ejemplo.


04 agosto 2017

#BEERNES - Estado Crítico



Cuando alguien te dice que estás en estado crítico, lo normal es preocuparse. "Justo ahora, que iba a empezar mis vacaciones", piensas...

Sin reponerte de la mala nueva, tu vida empieza a pasar por delante de tus ojos como si de una película se tratara. En general, también en este caso prefieres el libro. El Libro de Familia, concretamente (que obvia, con muy buen criterio, a los cuñados)

Y te planteas cómo contárselo a tus seres queridos... Y cómo reaccionarán tus enemigos... Y cómo la camarera del bar de abajo...

Y te planteas, por último, si preguntar cuánto tiempo te queda de vida o salir corriendo al chiringuito de playa más cercano a apurar todas sus existencias con más de trece grados de alcohol.

Sin duda, que te digan que estás en estado crítico no es una buena noticia...

...Salvo que te lo diga Alejandro Luque: "Estás en Estado Crítico", me dijo hace unos días. Lo que significa que, a partir de septiembre, mis reseñas de libros podréis leerlas en esa revista repleta de firmas tras las que se encuentran buenos amigos y que se define como "Estado Crítico: crítica literaria diletante".

Es un lujo y una responsabilidad. Y vamos a pasarlo muy bien, ya veréis...

14 julio 2017

#BEERNES - La vaga ambición


Cinco son ya las ediciones celebradas del premio Ribera del Duero, que reconoce cada dos años el mejor libro de relatos de los presentados, los cuales, por cierto, van creciendo en número en cada edición. En este tiempo, hemos podido disfrutar de cuatro libros de excelente calidad, la cual se ha visto refrendada por la respuesta de los lectores sumando reimpresiones y nuevas ediciones.

Para no ser menos, la quinta convocatoria del concurso nos trae a la palestra vencedora a Antonio Ortuño, escritor mexicano que ya se asomó al triunfo en España hace diez años, resultando finalista del premio Herralde con su novela Recursos humanos.

Incluido por la revista Granta en la lista de los mejores escritores jóvenes en 2010, y premiado un año después por la revista GQ como “Escritor del año”, Antonio Ortuño regresa al relato y nos presenta, de la sabia mano de Páginas de Espuma, La vaga ambición, una colección de seis cuentos protagonizados por un escritor, Arturo Murray, quien, mientras se avanza en la lectura y si se conoce mínimamente la biografía de Ortuño, viene a ser una especie de remedo de éste, una excusa para darle una vuelta de tuerca a ese concepto tan manido y tan de moda en la actualidad como es la autoficción.

La vaga ambición es varios libros en uno y, por eso, es recomendable afrontarlo en varias lecturas. La primera de ellas debería ser de simple disfrute, de dejarse llevar por la exquisita mano y el elegante estilo del autor, enredarse en las tramas que propone y disfrutar con el fino humor que se cuela entre líneas, como pidiendo permiso.

Una segunda lectura, más atenta, tiene que ver con la Literatura y con el oficio del escritor. Desde el primer cuento, Un trago de aceite, en el que el protagonista, un Arturo Murray niño, ya es conminado a que cuando sea mayor escriba la historia que acaba de vivir/sufrir, Antonio Ortuño reflexiona sobre los límites de la escritura de tal forma que muchos párrafos podrían haberse extraído de los apuntes de una clase magistral impartida en una universidad norteamericana (no me digas por qué, pero tenía en mente las clases de Julio Cortázar en Berkeley).

Y por último, escondida entre los párrafos de la historia que se cuenta en Un príncipe con mil enemigos, uno se topa con el correo electrónico que le escribe una madre a su hijo confesando que, a pesar de tenerlo todo en contra (marido, amigos, editores…), ella siempre escribió y nunca cejó en el empeño. Ese texto, que ilumina con especial fuerza la  página 102 merece ser leído una y otra vez muy despacio, como saboreando un vino de esos que dan título al premio que nos ocupa. “…Me decía que escribir era la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo. (…) Que escribiera contra todos, me decía, y a pesar de todos”. Y es así cuando uno se convence de que detrás de Arturo Murray está Antonio Ortuño, poniendo en boca de la madre del protagonista las palabras de su propia madre, reivindicándola como escritora, reivindicándose él mismo como digno heredero de esa lucha contra los mil enemigos y reivindicando la Literatura como el noble arte de mentir a conciencia y de vengarse y de pedir la revancha a la vida con la firme convicción de, esta vez sí, ganar.

Pero eso mejor que lo cuente él mismo:

(ENTREVISTA)

“Escribir siempre tiene algo de promesa de venganza”


No tiene que ser fácil estar gritando a las tres de la mañana la victoria del campeonato de tu equipo y afrontar toda una batería de entrevistas de promoción de tu último libro unas horas más tarde.

Catorce horas después me encuentro a un Antonio Ortuño feliz, despierto, amable, lúcido, ávido de conversación. Reivindicando al Chivas de sus amores (no el güisqui, sino su equipo de fútbol) y defendiendo el premio Ribera del Duero con su libro de relatos “La vaga ambición”.

Plagiando un párrafo del primer relato del libro, le pregunto: “¿Por eso escribes? ¿Por mentiroso?”
(Se ríe) Claro, en un principio, sí. Yo era un niño al que su madre le daba dinero para ir a la tienda y volvía sin dinero, sin lo que me habían encargado y con una historia. Y eso me paso mil veces. Y mucho, mucho tiempo después lo relacioné con la narrativa. Esta idea de fabular, de contar la historia no cómo ocurrió sino como quise que ocurriera parece que ya es una actitud literaria en sí misma. Este es un libro que bebe mucho y profundamente de mi vida pero que no es de ninguna manera autoficción, porque al momento de registrar los hechos ya los adulteras, y hacerlo con un lenguaje concreto los deformas también. Narrar es controlar el tiempo y cambias la cronología de lo sucedido, así sea comprimiéndola o estirándola. Ahí estás mintiendo. Otra cosa es que a la mentira, por propósitos estéticos, la llamemos ficción.

No tengo ningún problema en que un narrador sea un mentiroso o un canalla si es buen narrador. Lo prefiero a un santo aburrido. Prefiero jugar al alter ego a decir “soy Antonio Ortuño y me pasan estas cosas”.

Hablando de la “autoficción”, parece que usted le da una vuelta al término, se convierte en personaje y es ese personaje quien hace autoficción…
Efectivamente. Al lector no tiene por qué importarle si yo gané un premio de cuento en la Primaria (que no lo gané), tiene importancia porque está en el cuento. Podría haberme acordado de otra cosa con otra finalidad distinta. Eso hace que la Literatura sea, esencialmente, tomar decisiones. La más sencilla es qué palabra sigue a otra, si es que sigue otra, o un signo de puntuación o ya nada. Se trata de adoptar una postura que se refleje en el texto. Hay un debate en México y en la literatura latinoamericana si los autores leen Teoría Literaria y si toman una postura al respecto. Yo creo que el autor sí que se tiene que hacer muchas preguntas y que eso ya es teorizar. Creo que escribir decentemente bien es tan fácil como ser un decente cirujano de cerebros. Ese nivel de lectura me encanta.

Ortuño confiesa no haber subrayado un libro en su vida, ni haber hecho anotaciones sobre lo leído. Disfruta con los textos y reivindica la Literatura para todos, no sólo para los iluminados que anotan, memorizan frases o buscan referencias en cada punto y aparte y lo exhiben finalmente como un trofeo al alcance de muy pocos.

En todos sus relatos sobrevuela la figura de un protagonista, escritor, Arturo Murray, que vive una serie de experiencias que le llevan de alguna manera a buscar una especie de quijotismo o reivindicación justiciera de la Literatura… Me recuerda, de alguna manera, al Ignatius O. Reilly de “La conjura de los necios”…
Sí (ríe) Me gustaría pensar que hay algo de él en Murray. Yo leí ese libro a los catorce o quince años, me reí mucho y, sin embargo, lo que más me gusta son los momentos más tristes. Intenté la proeza, incluso, de leerlo en inglés. Sí que es un personaje que tiene cierta familiaridad con mi Arturo Murray. Creo que hay un elemento que para mí es fundamental y es que recordamos el pasado para revisar y tachonar lo que somos y por eso nuestra memoria va falseando lo que somos. Murray, mi personaje, busca la explicación de por qué es escritor. Todo lo que le ocurre podría servirle para saber por qué es buen o mal marido, padre, persona. Pero él elige preguntarse por qué es escritor. No sólo revisita su pasado, sino que se inventa como escritor a través de la rememoración de sus experiencias. Frente a todo tipo de vicisitudes externas, él se aferra a la escritura como posibilidad de estar en el mundo.

A lo largo del texto también se ve cómo el protagonista se aferra a la figura de la madre, un elemento fundamental en su condición de escritor…
Sí, Murray se siente un usurpador. En el segundo cuento, por ejemplo, se aferra a la máquina de escribir que utilizaba su madre. Y cuando ella está muriendo y le escribe a él, le deja la responsabilidad de seguir haciendo lo que hace, escribir. Justamente por eso quería que fuera una colección de relatos que estuvieran relacionados y que tuvieran esas resonancias entre unos y otros.

Hablaba al principio de “fabular la realidad”, de contar las cosas como le hubiera gustado que pasaran más que como pasaron. ¿Cree que es la Literatura una especie de segunda oportunidad de la vida, una revancha?...
Claro que la Literatura nos permite hacer eso. Chautobriand escribió para reivindicar su victoria contra Napoléon. Y en nivel más cotidiano, yo habría matado a mis vecinos si no hubiera podido escribir contra ellos en columnas del periódico. También es una forma de convivir, ¿no? Escribir siempre tiene algo de promesa de venganza. Porque el escritor es aquel que se ha quedado a un par de pasos del escenario. Creo que hay un tipo de escritor que se parece mucho a la persona que le gusta mucho bailar pero que decidió no ponerse a bailar en la fiesta y se quedó en la mesa medio burlándose de los que bailan. Esos escritores me caen muy mal. Hay que tomar una actitud. Así, por supuesto que la Literatura te permite esas venganzas, lo comparto con mi amigo, también escritor, Mariño González. Un escritor es una especie de Conde de Montecristo.

El título “La vaga ambición”, ¿lo ha elegido Murray u Ortuño?
Ay… (Ríe) Esa frase que le adjudicaron a Flaubert, que no era suya, “Madame Bovary soy yo”… Es una especie de aterrizaje serio de algo que fue un chiste… Cuando yo era un riguroso inédito, participé en una mesa redonda de “novísimos” en la Feria del Libro de Guadajalara (Mexico). Era el único. Nos pidieron que nos definiéramos como escritores en apenas tres palabras. El que menos usó fueron diez. No éramos una generación con una capacidad de síntesis, ciertamente. Yo me califiqué como “un vago ambicioso”. Vago como perezoso, porque me había costado diez años terminar una novela… Tiempo después recordé aquel personaje de Los Miserables, Grantaire, que tenía la firme convicción de que sí, de que servía para algo, y tenía esa “vaga ambición".

Murray no sabe si es buen o mal escritor, pero por eso escribe. Creo que las personas que en algún momento y a costa de su equilibrio emocional se han preguntado si son buenos escritores lo dejan de hacer o pasan a serlo de una manera doméstica o casi cercana al onanismo. Y los que se convencen de que son buenos escritores son los que decíamos antes que están en el centro de la pista bailando. No me interesa lo que escriban estos. Prefiero a los escritores que oscilan, que se creen buenos pero que dudan. En ese equilibrio creo que está el trabajo literario. Si yo pensara que domino el oficio y que soy magistral, ya no me tomaría la molestia de escribir, pediría que me pusieran un trono en la puerta y que me colmaran de ofrendas de frutas y pavos reales…

Ha mencionado la mesa redonda en la que se juntaron diez escritores de la misma generación. Se les considera la “Generación Inexistente” como sinónimo de “No Generación”. ¿Se siente dentro de una generación?
Claro. El tema lo inventó un amigo mío, Jaime Mesa, que ha ido publicando una serie de artículos en los que revisa lo que hacen los nacidos en México en los setenta, generación a la que él también pertenece, y que implica casi una broma, porque yo no creo que haya nadie del grupo que él identifica que sienta que tiene más afinidades que las que te permiten sentarte a tomar una cerveza. Tenemos trabajos distintos, de tradiciones también muy diferentes. Hay muchas maneras de entender una generación, pero si nos vamos a la definición de un grupo de personas que comparten una estética o una postura literaria, eso no existe en absoluto. Yo tengo mucha admiración por algunos de los escritores de los años setenta y, a riesgo de ofender a los de los sesenta o cincuenta, yo creo que como promoción somos infinitamente mejores. No obstante, no siento con ellos una afinidad especial, ni tampoco con la gente de otros lados. No por sentirme nadie especial, ni mucho menos, sino por no pisar terrenos comunes. No vivo en el norte de México por lo que tengo una buena coartada para no escribir sobre el narcotráfico, por ejemplo. Tampoco soy de la ciudad de México, entonces la literatura urbana del DF tampoco me alcanza. Perfectamente puedo eludir todo eso Me siento más cerca, con todas las diferencias, de Emiliano Monge, porque tratamos temas más políticos y sociales, porque me gusta su trato tan riguroso con el lenguaje, pero tampoco es que tengamos ninguna poética en común… También tengo muchas afinidades con Nicolás Cabal, y sin embargo tenemos unas estéticas y una manera de ver la narración completamente distintas… También tengo una gran admiración por Yuli Herrera. Sería yo incapaz de escribir así, me parece un virtuoso. Pero yo quiero seguir lo que yo hago. Seguramente, como “generación, por aquello de las Ferias y los Congresos, somos los que más kilómetros hemos hecho juntos pero también los que menos nos parecemos. Está bien juntarnos delante de una cerveza pero al final es como si cada uno fuera de un equipo de fútbol distinto. Te puedes sentar con ellos, hablar de fútbol… Pero cuando tienes que hablar de preferencias, allí ya…

Y allí ya… El Chivas, como decíamos al principio, el equipo de Antonio Ortuño, se ha proclamado esta pasada noche campeón de la liga mexicana. Sólo queda darle la enhorabuena y celebrarlo. Con una cerveza, claro. 


26 mayo 2017

Aforismos, ofurismos, ocurrismos y frases afines


Esta tarde estamos de fiesta. La fiesta del aforismo. La del ofurismo, la del ocurrismo y la de las frases afines…

¿Que no sabes lo que son?... Vaya… Pues tendrás que acercarte a la Feria del Libro de Sevilla y descubrirlo… A partir de las nueve… Te esperamos.

Mientras tanto, un aperitivo a cuenta de la casa:


Lo bueno, si breve, aforismo.

En materia de aforismos, que no te den Coelho por liebre.

Las pintadas son las hermanas pobres de los aforismos.

Los refranes son los cuñados de los aforismos.

Las lesbianas escriben saforismos.

Los haikus son aforismos que no se entienden.

21 abril 2017

PLAGIO


Hacía tiempo que teñirse las canas había dejado de ser una de esas anotaciones obligadas en su agenda mensual. Le gustaba su melena blanca y dedicaba el dinero ahorrado en tintes a comprar libros. El último de ellos: una edición de bolsillo de “El Aleph” de Borges.

Con todo el día libre por delante, decidió acercarse al parque del Retiro a disfrutar de su nueva lectura. Eligió una mesa en una terraza junto al estanque, pidió una cerveza y abrió su libro por el primero de los cuentos.

No había llegado siquiera a la página 15 cuando notó a su lado la presencia de un hombre trajeado y con maletín. Se presentó como abogado y, de manera muy educada, le comunicó que tenía órdenes de denunciarla. “Le acuso de plagio”, le dijo. “¿Plagio?”, preguntó ella entre extrañada y temerosa de lo que pudiera hacerle aquel loco…

Efectivamente, según le explicó el abogado, aquella mujer, con su melena blanca y el libro de Borges entre las manos, estaba plagiando a su clienta María Kodama. Y ésta era muy mirada para esas cosas.


“Sólo le queda una opción para no ser denunciada”, añadió el abogado. “Cambie el libro de Borges por una lata de tomate de la marca Campbell’s. De esta manera, en vez de a María Kodama estará usted plagiando a Andy Warhol, pero ese no es cliente mío”…

17 febrero 2017

#BEERNES 24 – TODO TIENE UN FINAL… O NO.


Recuerdo cuando, hace ya muchos años, yo me empeñaba en terminar de leer cualquier texto que pasara por mis manos: desde el prospecto de un jarabe contra la tos hasta el “Un millón de muertos” de Gironella. Y sostenía la firme convicción de que si no eras capaz de leer una novela hasta el final no eras un buen lector…

Pasó el tiempo… Descubrí que la Literatura es, o poco le queda, infinita. Y que las estanterías de mi salón y de mi despacho jamás podrían dar suelo, techo y cariño a todas las obras que uno quisiera leer y retener. Fue entonces cuando me puse serio. O borde. A cada nuevo libro le concedía el beneplácito de las cuarenta primeras páginas. Una vez llegado a ese límite, si no me gustaba, y mira que nunca he llegado a acostumbrarme, lo cerraba, lo devolvía a la estantería que nunca mencionas cuando te preguntan qué te llevarías a una isla desierta, y me zambullía en la prometedora piscina de un nuevo libro por descubrir.

Hoy me he despertado con unas ganas terribles de salir corriendo. No te diré el nombre del autor porque tampoco pretendo que dejes de leer los libros de Ruiz Zafón, pero es que ayer dejé por imposible una novela suya a la mitad… Sin embargo, esta noche los personajes de la novela se han colado en la cartelera de películas de mi sueño y he tenido el inmenso placer de disfrutar de una maravillosa historia, cautivadora, cercana, plena. Hasta Carlos Boyero le habría concedido la máxima puntuación si la hubiera visto en el Festival de Cine de San Sebastián…

Lo he pasado tan bien que estoy deseando volver a leer malas novelas. Para dejarlas a la mitad, cerrar los ojos y dejar que sea mi imaginación la que se encargue de prepararme el mejor final posible para cada historia…