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08 septiembre 2017

Fantasía lumpen



El pasado miércoles, como ya adelanté en su día, me estrené con una reseña en la revista literaria Estado Crítico. Hablaba del libro de relatos “Fantasía lumpen” de Javier Sáez de Ibarra.
Podéis leer la reseña pinchando aquí.
Y a continuación os dejo la entrevista que le hice al autor sobre dicho libro:
Javier Sáez de Ibarra: «Si esperamos a que se hunda el capitalismo para tomarnos una cerveza, seguro que se nos calienta»
Es difícil que te caiga mal alguien con quien, minuto y medio después de conocerlo, ya estás hablando de puros y patxaranes. Es lo que tiene que el autor y un servidor sean medio paisanos de una tierra que comienza la celebración de sus fiestas mayores con un muñeco que se convierte en humano. “Como Pinocho”, exclama Encarni, editora de Páginas de Espuma junto con Juan Casamayor. No es lo mismo, pero la comparación sirve para que la entrevista se demore más tiempo de lo previsto, a pesar de la insolente puntualidad de los trenes que regresan a Madrid desde Sevilla.
Colegas de piso, parejas, padres e hijos, amigos… Todos en situaciones de precariedad laboral, de fracaso. Y en todos los cuentos sobrevuela la honestidad, el cariño, la solidaridad. Por su parte, el autor también imprime a cada una de las historias del libro una cuidada dosis de humor. ¿Son el amor y el humor los salvavidas a los que aferrarnos en esos tiempos convulsos que provoca la crisis?
—Como mínimo, en un ochenta por ciento, sí. El amor nos salva siempre. Hace falta la lucha social para la mejora de esas condiciones, claro, porque si tienes un contrato precario o un sueldo con el que ni siquiera puedes vivir, al final el amor se resiente y el humor se convierte en mal humor. Por eso digo que no nos salva del todo. No me convence la idea del nido de amor como refugio de ese mundo horrible, no. Pero tampoco somos Superman y no creo que uno pueda estar luchando permanentemente. Incluso diría más: creo que el amor forma parte de la lucha.
Un capítulo del libro, “La gran huelga”, está escrito a modo de diálogo entre varios compañeros y con frases muy cortas, como si fuera una conversación de Whatsapp o de mensajes de Twitter. Algunas de esas frases, permítame la licencia, funcionan de manera independiente como aforismos y a mí me han servido para convertirlas en preguntas.
Por ejemplo: ¿”El que hace huelga siempre tiene razón”?
—Sí, siempre.
También afirma: «El odio es lo más importante. El odio lúcido, no el personal». ¿Cuál es la diferencia?
—Por odio personal entiendo el enfado con alguien que me cae mal o me ha hecho una faena, porque no le puedo perdonar. En cualquier caso, creo que hay que superarlo. Y cuando hablo del odio lúcido… La palabra “odio” es muy fuerte, pero a lo que me refiero es a no olvidar las injusticias. No tanto que yo odie al señor que se aprovecha de los trabajadores o los explota, sino que no me puedo olvidar de lo que pasa. De ahí la lucidez: la conciencia de un mal más que un sentimiento destructor.

—«La huelga es el tiempo que nos quitamos para brindárselo al futuro».
—(Sonríe) No lo había pensado, pero ahora que lo has leído sí que funciona como un aforismo… La huelga, claro, es el último recurso. Yo he hecho muchas huelgas, como profesor de instituto, y hay compañeros que no pero que luego se quejan de la ley tal, se quejan del futuro pero no se mueven. Piensan que la huelga no vale para nada más que para perder dinero. Bueno, sirve también para dar ejemplo de honestidad moral, incluso a los alumnos. En ese sentido, es una apuesta de futuro como forma de reivindicar que no nos rendimos.

—«Todo el que hace huelga tiene razón. Siempre. Pero la razón no mueve el mundo. Sino lo contrario». ¿Es esto una crítica a la razón pura, señor Kant?...
Weber habla de la razón que mueve el mundo, que es una razón económica. La racionalidad al servicio de la economía. Si yo trabajo pero no gano lo suficiente para vivir, eso no es razonable. Si tenemos un servicio productivo que provoca el calentamiento del planeta, eso no es razonable. Si yo antes me podía bañar en un río y ahora no porque está contaminado, eso no es razonable. Es lo contrario de la razón: la irracionalidad.
 Y al final de ese intercambio de diálogos en el relato, concluye usted: «Y luego, irse a tomar una cerveza»…
—Claro. Si esperamos a que se hunda el capitalismo para tomarnos una cerveza, seguro que se nos calienta. Habremos perdido la vida. Sabemos que nuestra resistencia y nuestra capacidad de lucha son limitadas. Esto puede sonar derrotista, pero creo que es sensato. Por eso no debemos abandonar ni a los amigos ni la lucha.

El libro cierra con una tercera parte, un capítulo único titulado “Cuento capitalismo”. ¿Es el capitalismo el gran cuento chino que nos han contado?
—Obviamente, sí. Lo que pasa es que es un cuento muy bien contado y muy bien impuesto. Cuando la gente pronuncia la famosa frase “Esto es lo que hay”, eso es un cuento. Lo que hay son muchas más cosas. Hay que superar el cuento para ver lo que de engaño hay ahí. Por eso este cuento está puesto en el libro en último lugar. Es la teoría que enmarca la realidad y que permite situarla y comprenderla. No se trata sólo de quejarse, sino de averiguar el por qué, la lógica que hay detrás de la protesta.


04 agosto 2017

#BEERNES - Estado Crítico



Cuando alguien te dice que estás en estado crítico, lo normal es preocuparse. "Justo ahora, que iba a empezar mis vacaciones", piensas...

Sin reponerte de la mala nueva, tu vida empieza a pasar por delante de tus ojos como si de una película se tratara. En general, también en este caso prefieres el libro. El Libro de Familia, concretamente (que obvia, con muy buen criterio, a los cuñados)

Y te planteas cómo contárselo a tus seres queridos... Y cómo reaccionarán tus enemigos... Y cómo la camarera del bar de abajo...

Y te planteas, por último, si preguntar cuánto tiempo te queda de vida o salir corriendo al chiringuito de playa más cercano a apurar todas sus existencias con más de trece grados de alcohol.

Sin duda, que te digan que estás en estado crítico no es una buena noticia...

...Salvo que te lo diga Alejandro Luque: "Estás en Estado Crítico", me dijo hace unos días. Lo que significa que, a partir de septiembre, mis reseñas de libros podréis leerlas en esa revista repleta de firmas tras las que se encuentran buenos amigos y que se define como "Estado Crítico: crítica literaria diletante".

Es un lujo y una responsabilidad. Y vamos a pasarlo muy bien, ya veréis...

14 julio 2017

#BEERNES - La vaga ambición


Cinco son ya las ediciones celebradas del premio Ribera del Duero, que reconoce cada dos años el mejor libro de relatos de los presentados, los cuales, por cierto, van creciendo en número en cada edición. En este tiempo, hemos podido disfrutar de cuatro libros de excelente calidad, la cual se ha visto refrendada por la respuesta de los lectores sumando reimpresiones y nuevas ediciones.

Para no ser menos, la quinta convocatoria del concurso nos trae a la palestra vencedora a Antonio Ortuño, escritor mexicano que ya se asomó al triunfo en España hace diez años, resultando finalista del premio Herralde con su novela Recursos humanos.

Incluido por la revista Granta en la lista de los mejores escritores jóvenes en 2010, y premiado un año después por la revista GQ como “Escritor del año”, Antonio Ortuño regresa al relato y nos presenta, de la sabia mano de Páginas de Espuma, La vaga ambición, una colección de seis cuentos protagonizados por un escritor, Arturo Murray, quien, mientras se avanza en la lectura y si se conoce mínimamente la biografía de Ortuño, viene a ser una especie de remedo de éste, una excusa para darle una vuelta de tuerca a ese concepto tan manido y tan de moda en la actualidad como es la autoficción.

La vaga ambición es varios libros en uno y, por eso, es recomendable afrontarlo en varias lecturas. La primera de ellas debería ser de simple disfrute, de dejarse llevar por la exquisita mano y el elegante estilo del autor, enredarse en las tramas que propone y disfrutar con el fino humor que se cuela entre líneas, como pidiendo permiso.

Una segunda lectura, más atenta, tiene que ver con la Literatura y con el oficio del escritor. Desde el primer cuento, Un trago de aceite, en el que el protagonista, un Arturo Murray niño, ya es conminado a que cuando sea mayor escriba la historia que acaba de vivir/sufrir, Antonio Ortuño reflexiona sobre los límites de la escritura de tal forma que muchos párrafos podrían haberse extraído de los apuntes de una clase magistral impartida en una universidad norteamericana (no me digas por qué, pero tenía en mente las clases de Julio Cortázar en Berkeley).

Y por último, escondida entre los párrafos de la historia que se cuenta en Un príncipe con mil enemigos, uno se topa con el correo electrónico que le escribe una madre a su hijo confesando que, a pesar de tenerlo todo en contra (marido, amigos, editores…), ella siempre escribió y nunca cejó en el empeño. Ese texto, que ilumina con especial fuerza la  página 102 merece ser leído una y otra vez muy despacio, como saboreando un vino de esos que dan título al premio que nos ocupa. “…Me decía que escribir era la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo. (…) Que escribiera contra todos, me decía, y a pesar de todos”. Y es así cuando uno se convence de que detrás de Arturo Murray está Antonio Ortuño, poniendo en boca de la madre del protagonista las palabras de su propia madre, reivindicándola como escritora, reivindicándose él mismo como digno heredero de esa lucha contra los mil enemigos y reivindicando la Literatura como el noble arte de mentir a conciencia y de vengarse y de pedir la revancha a la vida con la firme convicción de, esta vez sí, ganar.

Pero eso mejor que lo cuente él mismo:

(ENTREVISTA)

“Escribir siempre tiene algo de promesa de venganza”


No tiene que ser fácil estar gritando a las tres de la mañana la victoria del campeonato de tu equipo y afrontar toda una batería de entrevistas de promoción de tu último libro unas horas más tarde.

Catorce horas después me encuentro a un Antonio Ortuño feliz, despierto, amable, lúcido, ávido de conversación. Reivindicando al Chivas de sus amores (no el güisqui, sino su equipo de fútbol) y defendiendo el premio Ribera del Duero con su libro de relatos “La vaga ambición”.

Plagiando un párrafo del primer relato del libro, le pregunto: “¿Por eso escribes? ¿Por mentiroso?”
(Se ríe) Claro, en un principio, sí. Yo era un niño al que su madre le daba dinero para ir a la tienda y volvía sin dinero, sin lo que me habían encargado y con una historia. Y eso me paso mil veces. Y mucho, mucho tiempo después lo relacioné con la narrativa. Esta idea de fabular, de contar la historia no cómo ocurrió sino como quise que ocurriera parece que ya es una actitud literaria en sí misma. Este es un libro que bebe mucho y profundamente de mi vida pero que no es de ninguna manera autoficción, porque al momento de registrar los hechos ya los adulteras, y hacerlo con un lenguaje concreto los deformas también. Narrar es controlar el tiempo y cambias la cronología de lo sucedido, así sea comprimiéndola o estirándola. Ahí estás mintiendo. Otra cosa es que a la mentira, por propósitos estéticos, la llamemos ficción.

No tengo ningún problema en que un narrador sea un mentiroso o un canalla si es buen narrador. Lo prefiero a un santo aburrido. Prefiero jugar al alter ego a decir “soy Antonio Ortuño y me pasan estas cosas”.

Hablando de la “autoficción”, parece que usted le da una vuelta al término, se convierte en personaje y es ese personaje quien hace autoficción…
Efectivamente. Al lector no tiene por qué importarle si yo gané un premio de cuento en la Primaria (que no lo gané), tiene importancia porque está en el cuento. Podría haberme acordado de otra cosa con otra finalidad distinta. Eso hace que la Literatura sea, esencialmente, tomar decisiones. La más sencilla es qué palabra sigue a otra, si es que sigue otra, o un signo de puntuación o ya nada. Se trata de adoptar una postura que se refleje en el texto. Hay un debate en México y en la literatura latinoamericana si los autores leen Teoría Literaria y si toman una postura al respecto. Yo creo que el autor sí que se tiene que hacer muchas preguntas y que eso ya es teorizar. Creo que escribir decentemente bien es tan fácil como ser un decente cirujano de cerebros. Ese nivel de lectura me encanta.

Ortuño confiesa no haber subrayado un libro en su vida, ni haber hecho anotaciones sobre lo leído. Disfruta con los textos y reivindica la Literatura para todos, no sólo para los iluminados que anotan, memorizan frases o buscan referencias en cada punto y aparte y lo exhiben finalmente como un trofeo al alcance de muy pocos.

En todos sus relatos sobrevuela la figura de un protagonista, escritor, Arturo Murray, que vive una serie de experiencias que le llevan de alguna manera a buscar una especie de quijotismo o reivindicación justiciera de la Literatura… Me recuerda, de alguna manera, al Ignatius O. Reilly de “La conjura de los necios”…
Sí (ríe) Me gustaría pensar que hay algo de él en Murray. Yo leí ese libro a los catorce o quince años, me reí mucho y, sin embargo, lo que más me gusta son los momentos más tristes. Intenté la proeza, incluso, de leerlo en inglés. Sí que es un personaje que tiene cierta familiaridad con mi Arturo Murray. Creo que hay un elemento que para mí es fundamental y es que recordamos el pasado para revisar y tachonar lo que somos y por eso nuestra memoria va falseando lo que somos. Murray, mi personaje, busca la explicación de por qué es escritor. Todo lo que le ocurre podría servirle para saber por qué es buen o mal marido, padre, persona. Pero él elige preguntarse por qué es escritor. No sólo revisita su pasado, sino que se inventa como escritor a través de la rememoración de sus experiencias. Frente a todo tipo de vicisitudes externas, él se aferra a la escritura como posibilidad de estar en el mundo.

A lo largo del texto también se ve cómo el protagonista se aferra a la figura de la madre, un elemento fundamental en su condición de escritor…
Sí, Murray se siente un usurpador. En el segundo cuento, por ejemplo, se aferra a la máquina de escribir que utilizaba su madre. Y cuando ella está muriendo y le escribe a él, le deja la responsabilidad de seguir haciendo lo que hace, escribir. Justamente por eso quería que fuera una colección de relatos que estuvieran relacionados y que tuvieran esas resonancias entre unos y otros.

Hablaba al principio de “fabular la realidad”, de contar las cosas como le hubiera gustado que pasaran más que como pasaron. ¿Cree que es la Literatura una especie de segunda oportunidad de la vida, una revancha?...
Claro que la Literatura nos permite hacer eso. Chautobriand escribió para reivindicar su victoria contra Napoléon. Y en nivel más cotidiano, yo habría matado a mis vecinos si no hubiera podido escribir contra ellos en columnas del periódico. También es una forma de convivir, ¿no? Escribir siempre tiene algo de promesa de venganza. Porque el escritor es aquel que se ha quedado a un par de pasos del escenario. Creo que hay un tipo de escritor que se parece mucho a la persona que le gusta mucho bailar pero que decidió no ponerse a bailar en la fiesta y se quedó en la mesa medio burlándose de los que bailan. Esos escritores me caen muy mal. Hay que tomar una actitud. Así, por supuesto que la Literatura te permite esas venganzas, lo comparto con mi amigo, también escritor, Mariño González. Un escritor es una especie de Conde de Montecristo.

El título “La vaga ambición”, ¿lo ha elegido Murray u Ortuño?
Ay… (Ríe) Esa frase que le adjudicaron a Flaubert, que no era suya, “Madame Bovary soy yo”… Es una especie de aterrizaje serio de algo que fue un chiste… Cuando yo era un riguroso inédito, participé en una mesa redonda de “novísimos” en la Feria del Libro de Guadajalara (Mexico). Era el único. Nos pidieron que nos definiéramos como escritores en apenas tres palabras. El que menos usó fueron diez. No éramos una generación con una capacidad de síntesis, ciertamente. Yo me califiqué como “un vago ambicioso”. Vago como perezoso, porque me había costado diez años terminar una novela… Tiempo después recordé aquel personaje de Los Miserables, Grantaire, que tenía la firme convicción de que sí, de que servía para algo, y tenía esa “vaga ambición".

Murray no sabe si es buen o mal escritor, pero por eso escribe. Creo que las personas que en algún momento y a costa de su equilibrio emocional se han preguntado si son buenos escritores lo dejan de hacer o pasan a serlo de una manera doméstica o casi cercana al onanismo. Y los que se convencen de que son buenos escritores son los que decíamos antes que están en el centro de la pista bailando. No me interesa lo que escriban estos. Prefiero a los escritores que oscilan, que se creen buenos pero que dudan. En ese equilibrio creo que está el trabajo literario. Si yo pensara que domino el oficio y que soy magistral, ya no me tomaría la molestia de escribir, pediría que me pusieran un trono en la puerta y que me colmaran de ofrendas de frutas y pavos reales…

Ha mencionado la mesa redonda en la que se juntaron diez escritores de la misma generación. Se les considera la “Generación Inexistente” como sinónimo de “No Generación”. ¿Se siente dentro de una generación?
Claro. El tema lo inventó un amigo mío, Jaime Mesa, que ha ido publicando una serie de artículos en los que revisa lo que hacen los nacidos en México en los setenta, generación a la que él también pertenece, y que implica casi una broma, porque yo no creo que haya nadie del grupo que él identifica que sienta que tiene más afinidades que las que te permiten sentarte a tomar una cerveza. Tenemos trabajos distintos, de tradiciones también muy diferentes. Hay muchas maneras de entender una generación, pero si nos vamos a la definición de un grupo de personas que comparten una estética o una postura literaria, eso no existe en absoluto. Yo tengo mucha admiración por algunos de los escritores de los años setenta y, a riesgo de ofender a los de los sesenta o cincuenta, yo creo que como promoción somos infinitamente mejores. No obstante, no siento con ellos una afinidad especial, ni tampoco con la gente de otros lados. No por sentirme nadie especial, ni mucho menos, sino por no pisar terrenos comunes. No vivo en el norte de México por lo que tengo una buena coartada para no escribir sobre el narcotráfico, por ejemplo. Tampoco soy de la ciudad de México, entonces la literatura urbana del DF tampoco me alcanza. Perfectamente puedo eludir todo eso Me siento más cerca, con todas las diferencias, de Emiliano Monge, porque tratamos temas más políticos y sociales, porque me gusta su trato tan riguroso con el lenguaje, pero tampoco es que tengamos ninguna poética en común… También tengo muchas afinidades con Nicolás Cabal, y sin embargo tenemos unas estéticas y una manera de ver la narración completamente distintas… También tengo una gran admiración por Yuli Herrera. Sería yo incapaz de escribir así, me parece un virtuoso. Pero yo quiero seguir lo que yo hago. Seguramente, como “generación, por aquello de las Ferias y los Congresos, somos los que más kilómetros hemos hecho juntos pero también los que menos nos parecemos. Está bien juntarnos delante de una cerveza pero al final es como si cada uno fuera de un equipo de fútbol distinto. Te puedes sentar con ellos, hablar de fútbol… Pero cuando tienes que hablar de preferencias, allí ya…

Y allí ya… El Chivas, como decíamos al principio, el equipo de Antonio Ortuño, se ha proclamado esta pasada noche campeón de la liga mexicana. Sólo queda darle la enhorabuena y celebrarlo. Con una cerveza, claro. 


22 noviembre 2013

El final está cerca de la fama internacional


La Internacional Microcuentista es una publicación literaria cuyo comité editorial está repartido, como la fortuna de Bárcenas, por varios países: Colombia, Argentina, México, Perú y España.

Esta semana han tenido a bien publicar una reseña de mi libro de microrrelatos “El final está cerca”. Y, en un acto de generosidad que les agradezco, también han publicado una entrevista con su autor, servidor de ustedes.

Comienza así:

¿Puedes explicarnos brevemente qué es El final está cerca y darnos un motivo para leerlo?
Es una colección de microrrelatos. De humor, fundamentalmente. Sin hilo conductor, sin fronteras. Una colección de historias independientes que invitan, cada una de ellas, a demorar el final.

Es, por otro lado, el resultado de tres años de trabajo, suponiendo que escribir microrrelatos de humor alguien lo considere un trabajo.

No se me ocurre mejor motivo para animar a leerlo que comprometerme a devolverle el dinero a quien no suelte, al menos, una carcajada con él.
  
¿Por qué, para qué o para quién escribes?
No hay una causa concreta… De pequeño también comía magdalenas como Proust y me inventaba pueblos enteros como Atxaga, pero no creo que eso haya influido.

Escribo para que no se me vaya la fuerza por la boca. Decir tonterías cuesta muy poco. Escribirlas te lleva más tiempo y hace que te lo pienses al menos dos veces.

Y escribo para todo aquel que piense como yo que esta vida puede llegar a ser un valle de lágrimas de risa.

¿El humor es indispensable en tu literatura?
No necesariamente, pero es un género en el que me muevo con relativa facilidad / felicidad.

A pesar de la importancia que se le otorga al título, muy pocos de tus textos lo tienen, ¿por qué?
Apuesto por el microrrelato híperbreve, el nanorrelato o el relato tuit, que llaman algunos. La dificultad del mismo estriba, fundamentalmente, en hacerse entender por sí mismo. En ese sentido, ponerle un título me parece una trampa, una ayuda adicional. Llámame masoca…

Para no sucumbir, ¿hay que tomarse la realidad con humor o con un botellín de cerveza?
Con humor Y con un botellín de cerveza. Incompatibilidades, las justas…

(…)

Puedes leer el resto de la entrevista pinchando AQUÍ

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Y, si lo deseas, también puedes comprar el libro pinchando AQUÍ


21 enero 2013

¿Quién no tiene un cuñado?




José Gómez es el nombre de la persona que está detrás de “Las lecturas”, un ameno blog de reseñas literarias, y que ha tenido a bien publicar una crítica de mis “Cuñados anónimos”. Disfruten:

Ironía es la mejor definición de esta novela, quien no ha criticado a su cuñado, quien no ha echado unas risas recordando momentos que en principio te han en muchos casos vergüenza ajena, pero que luego has echado unas sonrisas recordándolas.

Simplemente y llanamente es lo que contiene todas y cada una de las páginas que tiene este libro, Eduardo no ha buscado otra cosa que no sea la diversión y ese momento de relajación que todos necesitamos en algún momento de la vida y del día a día, que mejor que refugiarse en un libro en el que no tenemos que pensar ni devanarnos la cabeza con historias ni desarrollos sesudos.

Un lenguaje con el que demuestra que no se tiene que ir por la vida como catedrático de la lengua con el uso de palabras que para el lector en muchísimas ocasiones son incomprensibles y que si también hay que reconocer que debemos buscarlas y que la riqueza de un pueblo está en su lenguaje, pero de ese tipo de libros hay muchos y muy buenos, pero campechanos y sencillos que se puedan catalogar de agradables y sinceros con una sonrisa en la boca en muchísimas de sus páginas, pocos.

Sigue leyendo aquí.

17 diciembre 2010

Montero Glez, pistola y cuchillo


Montero Glez es mi amigo, vaya por delante. Cada vez que le gusta un texto mío tira de billetera donde guarda los halagos y no repara en gastos. Y también es un caballero. Cada vez que no le gusta un texto mío me dice que se lo he plagiado a mi cuñado. ¿Cómo no vas a querer a un tipo así?

Montero Glez es un animal… Un animal literario, quiero decir… Cuando, de pequeño, aprendió a leer y escribir, decidió que aquello era lo suyo y que el resto, aprender un oficio que desembocara inevitablemente en una oficina, era un destino reservado única y exclusivamente al común de los mortales.

Montero Glez se implica hasta los tuétanos en la redacción de sus novelas. Lee, escucha la música que marcará, como banda sonora, el ritmo del texto, se implica en el tema como si le fuera la vida en ello, lo hace suyo, solamente suyo y esgrime todas las nuevas tecnologías a su alcance (blog, facebook, twitter…) para hacerte partícipe de aquello que, al respecto, le va pasando por la cabeza. Cuelga en la red sus lecturas y sus escrituras, párrafos y párrafos que luego quizás elimine del original. Es como si asistieras, en vivo y en directo, al making off de una novela.

Con la anterior, “Pólvora negra”, durante muco tiempo nos estuvo explicando con todo lujo de detalles cómo se fabricaba una bomba Orsini. Llegó un momento en que dudé si lo que pretendía era escribir una novela o montar un comando…

Ahora nos viene con “Pistola y cuchillo”, un título que se lo ha robado a su propia autobiografía. Porque Montero Glez escribe con maneras tan contundentes como un disparo a quemarropa y tan precisas como la línea roja que dibuja en la carne fresca el filo de una chaira. Nadie hay, en el panorama literario, que escriba tan cojonudamente bien como él. Bueno sí, uno, Francisco Umbral, pero ya no ejerce.

“Pistola y cuchillo” es una novela breve si atendemos a la descripción que harían quienes saben contar pero no saben leer. Porque sí, vale, son sólo 128 páginas, pero hay una intensidad tal en cada una de ellas que no hay opción a no deleitarse releyendo hasta el infinito todos y cada uno de sus párrafos.

Y es ahí, en esos párrafos, donde Montero Glez, desde el presupuesto de una hipotética última noche en la ya mítica Venta Vargas, va desgranando la vida de José Monge Cruz. Y digo José Monge Cruz, y no “Camarón de la Isla”, porque aquí no sólo está el artista, sino también la persona, sus amigos, sus gestos, su tabaco y, más que sus palabras, sus silencios, pues tampoco era el maestro muy dado a la conversación.

Quien sepa leer entre líneas, descubrirá también la vida del propio Montero Glez, entregado y agradecido a todo lo que el flamenco ha hecho por él y por su estilo. Literatura pura. Y quien sepa escuchar entre líneas, oirá cantar a Camarón. Flamenco puro. Tal para cual.

03 diciembre 2010

Los Diarios del Diablo


Mucho se ha escrito a lo largo de la Historia de la Literatura sobre el Diablo, Satán y Lucífer, que son tres personas distintas pero un solo Mal verdadero. O sea, como la Santísima Trinidad pero en su versión menos aburrida.

Mucho se ha escrito, digo. Y en torno a la figura del diablo se han pintado cuadros, se han rodado películas, se han creado cadenas de televisión (y aquí el nombre de “La Sexta” lo has pensado tú, que sólo ves Intereconomía) y hasta ha habido quien ha osado asignar la firma Prada al fondo de armario del sujeto en cuestión.

Pero nunca hasta ahora habíamos podido disponer, de primera mano, de los diarios del propio Diablo. Nicolás D. Satán, a lo largo de los siglos, ha venido siguiendo un minucioso diario en el que, a diferencia de cualquier adolescente, ha contado cosas realmente interesantes.

M. J. Weeks, profesor de Antropología Teológica Comparada en la universidad de Milton Parva no sólo descubrió en 2007 los manuscritos de dicho diario sino que llegó a un acuerdo con el agente del autor (?) para publicar algunos de los extractos más jugosos.

De esta manera, descubrimos que Lucifer comienza su carrera profesional como “ayudante de arcángel y joven promesa, uno de los sirvientes más corteses y brillantes de DIOS (Director Interdepartamental de Omnisciencia Suprema)”. Pero pronto es despedido de la empresa porque “Él” no soporta su creatividad. Por eso decide acabar con eso de ir de bueno por la vida y se lanza a una frenética carrera por boicotear los inventos del “Jefe” desde el principio: “(El gran D.) ha empezado a primera hora y ha creado la luz. Yo he creado la oscuridad, pero después he tenido que parar porque no se veía una mierda”.

Con el transcurrir del tiempo, crea la Torre de Babel, seduce a Poncio Pilato, corrompe a Judas, etc… Cansado de acciones puntuales, decide manifestarse a mayor escala y en el laboratorio experimenta con un tipo de ratas que, más tarde, extenderán la peste por toda Europa. Crea la imprenta con el fin de “promocionar mi marca” pero el invento cae en malas manos y se reproducen infinitas copias de la Biblia. Asesora a los Borgia, hace de mecenas de El Bosco y de William Blake, se jacta de que en Nueva Orleans hayan sabido cogerle el ritmo a la “música del diablo” y en 1929 decide hacer una limpia en el mundo de las finanzas norteamericano. Si Dios inventa el teléfono, el Diablo crea la llamada en espera y las interferencias... Y todo en ese plan.

Desde el inicio de la Creación hasta nuestros días, el Diablo va anotando con la minuciosidad de un escriba y el sarcasmo de un monologuista sus continuos enfrentamientos con el Bien y el Ser Supremo. Una colección de textos desternillantes, provocadores, irreverentes, magníficos, y presentados en una edición de lujo en la que se reproducen páginas originales de los diarios, se transcriben otras que se encontraban en peor estado y se acompañan de dibujos alusivos al texto o recordatorios del propio Diablo en formato post-it (p. ej.: “El Feng-Shui también nos puede traer beneficios; pasádselo a los tontos”).

En apenas 160 páginas, el presunto catedrático Weeks nos hace llegar un remedo de Historia Universal alternativa que hará que nos cuestionemos certezas asumidas a lo largo del tiempo, hará que veamos con otros ojos la realidad que nos rodea y, sobre todo, nos sacará una amplia sonrisa (carcajada, si no es usted muy puntilloso) cada vez que veamos al Santo Padre en televisión anunciando la próxima venida del “gran D.”


19 noviembre 2010

Vida y opiniones de Juan Mal-herido


El libro se presenta en formato pequeño. De bolsillo. De bolsillo pequeño. Como una granada de mano.

Y la onda expansiva de su lectura alcanza a todas las estanterías de la biblioteca.

Juan Mal-herido, amparado por la inconsciencia de sus propios pensamientos, decide empezar a escribir un blog literario el 23 de enero de 2007: “el Lector malherido”. Era martes. Ese mismo día, pero de 1783, nacía Stendhal. En el de 1830, Derek Walcott. Y en el de 1962, Elvira Lindo. Ante tamaña y progresiva degeneración, no tenía nada que perder. Se lo habían puesto a huevo.

A partir de ese día, con una mezcla de laboriosidad franciscana y mala leche vaticana, ha venido publicando críticas, reseñas y comentarios de todo libro que ha pasado por sus manos.

En palabras del propio Malherido, en una entrevista publicada hace unas semanas, "el blog va de chicas desnudas, autores literarios apaleados y comentarios sexuales y políticos muy subiditos de tono".

Una colección de textos tal no podía quedar reducida al inmenso mundo de la blogosfera, de ahí que Alberto Olmos (que no es el autor del libro ni del blog), se haya prestado voluntario a manejar semejante material explosivo y recopilar una selección de sesenta textos que la editorial Melusina, en una huida hacia adelante, ha tenido a bien publicar.

Son, digo, sesenta textos que abarcan desde el “París era una fiesta” de Hemingway hasta “Anatomía de un instante” de Javier Cercas, pasando como una apisonadora por encima de Marguerite Duras, Stefan Zweig, Paul Auster, Stanislaw Lem, Stieg Larsson, etc.

Para todos tiene unas letras que suenan a música punk, a grito airado rebotando en las paredes del Parnaso y a exabrupto sin faltas de ortografía.

El autor (que no es Alberto Olmos) sostiene que “El guardián entre el centeno” es “un libro flojo”; que la protagonista de “Miedo a volar”, de Erica Jong, es “como Woody Allen chupando pollas”; que “La costumbre de vivir”, de José Manuel Caballero Bonald, es un “delicioso volumen de cocineo literario, de portera ilustrada hablando mal de otras porteras”… Y en ese plan.

Otros libros, sin embargo, se salvan de la quema con palabras elogiosas: “El factor humano”, de Graham Greene: “Da mucho asco leer cosas tan buenas”; “Diario de un genio”, de Salvador Dalí: “Dalí fue mejor escritor que pintor”; “Mi suicidio”, de Henry Roorda: “…hacía tiempo que no leía un libro que me diera tantas ganas de vivir, de beber, de reírme de todos vosotros, hijos de puta”. Y, repito, en ese plan.

Como no podía ser de otra manera, el libro recuerda al “Manual de literatura para caníbales”, de Rafael Reig. Al fin y al cabo, el autor (que no es Alberto Olmos) es como el alumno más aventajado de Reig si éste diera clases de en un correccional o en un frenopático.

Y es precisamente al “Manual…” y a Reig a quienes dedica el último capítulo. Y es en ese capítulo donde el autor (no Alberto Olmos, el autor) se desnuda por dentro y escribe un alegato a favor de la Literatura con mayúsculas que ponen en pie día a día autores en pijama y a los que invita a descubrir por uno mismo, desconfiando del qué dirán y, sobre todo, del qué dijeron.

“Yo, señor, no soy malo; sólo soy sincero”. Lo dice el autor. No Alberto Olmos.

Merece la pena que lo descubran por ustedes mismos, desconfiando de todo lo que les acabo de contar yo, que no soy Alberto Olmos ni el autor del libro.




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Más reseñas, en la web "Más que palabras"
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02 julio 2010

Entrevista con CHRIS STEWART, autor de “Tres maneras de volcar un barco”


Recuerdo que alguien nos propuso la idea de realizar la entrevista en un barco… Recuerdo que a ambos nos pareció una magnífica idea… Recuerdo que no había presupuesto y que tuvimos que optar por una pequeña barca a motor… Recuerdo que Chris manejaba el timón mientras yo preparaba la grabadora y el bloc de notas… Recuerdo que nuestra conversación transcurrió entre la originalidad de mis preguntas y la brillantez de sus respuestas… Recuerdo que ambos acordamos compartir el importe económico del Pulitzer… Recuerdo aquella gigantesca roca a babor… Recuerdo que la Cruz Roja nos trató con exquisita amabilidad… Recuerdo que, delante de la Guardia Civil, sólo podíamos articular la frase “¡patera no, patera no!”…

Recuerdo que ambos convenimos en que lo más seguro sería repetir la entrevista vía correo electrónico…

Esta es, pues, mi conversación con Chris Stewart, autor de “Tres maneras de volcar un barco”, que ya son cuatro:

¿Es cierto que usted vive en las Alpujarras porque la Ley de Costas española le ha impuesto una orden de alejamiento del mar de cincuenta kilómetros?
Más bien cincuenta kilómetros y cuatrocientos metros de altura... No, es una ley autoimpuesta; es que temo mucho la atracción del mar y estoy fácilmente seducido. Al ver la belleza del mar y el progreso tan digno y bello de algún que otro velero, no me quedaría más remedio que apuntarme de nuevo a navegar... y allí yace el desastre. Estoy tan contento en las montañas y no quiero putear una situación tan feliz y agradable. A mi mujer le encantan la jardinería y las plantas, y no se quedaría satisfecha del todo con la pequeña maceta de albahaca en la baranda de popa de un barco... y, como sabrás, si tu mujer está feliz todo saldrá bien.

Trabajó como esquilador de ovejas y como patrón de barco. Para dormir, ¿cuenta ovejas u olas?
Contar ovejas no sirve para nada - menos saber cuantas ovejas hay - lo tengo probado. Y la manera en que uno duerme en un barco en alta mar es algo muy especial... la emoción mecedora, el sonido de las olas lamiendo el barco, el fabuloso sentido que estás dormido pero llegando a algún sitio (como viajar en tren de noche, pero más agradable). Me encanta dormir, es una de mis pasatiempos preferidos.

Usted es un bon vivant / un epicúreo / un niño con cuerpo de adulto (táchese lo que no proceda)
Ay, cómo me encantan los buenos vinos, la buena comida y la buena compañía... con esos tienes la vida llena. Buena salud, algún que otro viaje interesante, una vista preciosa desde la casa... todas estas cosas también juegan su papel. El niño con cuerpo de adulto... hmm, bueno hay que admitir que no soy la persona más madura del mundo... pero me apaño.

Tras leer “Tres maneras de volcar un barco” tengo la sospecha de que usted es un personaje de Tom Sharpe ¿Tiene pruebas que lo desmientan?
En absoluto. Eres muy amable. Me gusta mucho la obra de Tom Sharpe; es un genio del género cómico pero con dientes para morder donde sea necesario. Me alegro mucho que tú pienses que yo podría ser un personaje en sus libros. Y, si es verdad, lo consigo arriesgándome, siempre pisando el camino menos transitado, tomando la decisión menos convencional... y, si es verdad que no he conseguido nada realmente útil en esta vida, por lo menos he tenido una vida bastante llena, y además he conseguido entretener a la gente... y, como sabes, a la gente hay que entretenerla.

¿Qué le hizo cambiar el velero por el Valero?
Bueno... estas dos cosas, las montañas y el mar, siempre han sido dos pasiones fuertes conmigo. No se puede tener todo en esta vida; hay que elegir. Y, al fin y al cabo, la elección que hice me ha servido de puta madre.

¿Y cómo consiguió que su compañera Ana le siguiera al Valero y no en el velero?
Supongo que la gusté... después de todo ya llevamos treinta y cinco años juntos. Es mucho... y difícil de creer que dos personas - ni mucho menos una chica y un tío - serían capaces de convivir felizmente durante tantos años. Me parece que los dos elementos que más destacan son el buen sexo y un buen sentido de humor compartido.

¿Podemos enmarcar su novela entre el sosiego de “Tres hombres en una barca” de Jerome K. Jerome y la lucha contra las adversidades de “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway?
Elegimos el título, como te puedes imaginar, como reflejo de Three Men in a Boat, una obra que se ha metido profundamente en el corazón de todos los ingleses. Estaría encantado de pensar que mis humildes esfuerzos te han puesto en mente de JKJerome. El Viejo y el Mar es más profundo, trata más de la noche oscura del alma. Aunque enfrente dificultades, mi manera de tratarlas es mucho más ligero, tiene mucho menos enjundia que Hemingway.

Estuvo en la Feria del Libro de Madrid firmando ejemplares ¿Cómo fue su relación con los lectores? ¿Convenció a alguno para dar un paseo en barca por el estanque del Retiro?
Me encanta esto de conocer al público... es una vida triste y solitaria, ésta de sentarse solito en su oscura choza pensando en cosas para escribir. Y luego te sales al aire libre y allí estás charlando con tus propios lectores... es lo que hace que todo vale la pena. Tengo mucha suerte: mi público no viene con ganas de putearme, pero más bien de sacar unas fotos con el viejo verde aprovechándose para abrazar alguna que otra joven belleza... un deleite. Y no, por supuesto, nadie tiene ganas de navegar conmigo, ni de la más mínima manera!

Seguro que ya está trabajando en la próxima entrega de sus memorias ¿Con qué Chris Stewart nos encontraremos en esta ocasión?
El mismo tío... no conozco otro, y no soy capaz de inventarlo. Y como consecuencia, por supuesto todo es cierto, menos las imperfecciones de una memoria cada vez más excéntrica.

Hemos terminado la entrevista y no le he preguntado por sus inicios como batería en la mítica banda de rock Génesis ¿Le molesta, le sorprende o lo agradece?
No me molesta un bledo; estoy acostumbrado ya, y por supuesto me ha servido muy bien. A lo mejor me siento un poco desilusionado que la cosa más interesante de mí es lo que hice cuando tuve nada más que quince años. Pero no importa.

Pues muchas gracias por su amabilidad y por lo divertido de sus respuestas, Chris.
Un placer, Eduardo… Y muchas gracias a ti por las preguntas tan divertidas.



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También puedes leer la reseña del libro en la web "Más que palabras"
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23 mayo 2010

"Maletas perdidas", de Jordi Puntí


Aunque por el título, y a primera vista, esta publicación pudiera parecer un trabajo de investigación sobre la compañía Iberia, nada más lejos de la realidad. Estamos ante una novela con mayúsculas, un homenaje a la imaginación y una historia que atrapa desde las primeras páginas.

Se trata de una obra muy esperada pues su autor, el catalán Jordi Puntí (Manlleu, 1967) ya había dado muestras de su maestría en la narración con sendos libros de relatos: “Piel de armadillo” y “Animales tristes”. Y su irrupción en el campo de la novela no sólo no ha decepcionado sino que ha situado “Maletas perdidas” en la lista de las mejores novelas del año.

Partiendo de un planteamiento original, la novela va reconstruyendo la historia de Gabriel, un transportista de mudanzas que, junto a dos compañeros, recorre la Europa de los años 60 y 70 a bordo de un Pegaso. Y lo hace a través de la labor de búsqueda que realizan sus cuatro hijos (uno en cada puerto: Francfort, París, Londres y Barcelona), una vez que descubren la existencia de sus respectivos hermanos y de que su padre era el protagonista de cuatro vidas paralelas.

Quizás el mayor éxito de la novela radique en la naturalidad con que se van sucediendo las diferentes voces narrativas sin que chirríe el entramado y la estructura formal del relato. El lector se ve arrastrado, casi sin darse cuenta, por una inercia suave que le lleva a aceptar todos y cada uno de los giros argumentales sin pestañear. He ahí la buena literatura.

El suspense de la búsqueda se mezcla con el humor desde el momento en que descubrimos que los cuatro hijos llevan el mismo nombre: Christof, Christophe, Christopher y Cristòfol. Por si no quedaba claro que San Cristóbal es el patrón de los transportistas.

De fondo, sin inmiscuirse en la trama, pero dotándola de significado, Puntí realiza una fotografía de la España en blanco y negro de la dictadura en contraposición a una Europa que estalla en colores y que atrapa a los tres camioneros.

Puestos a continuar con los paralelismos, me atrevería a decir que “Maletas perdidas” ha irrumpido en el panorama literario de la misma forma en que lo hizo, allá por 1989, “Juegos de la edad tardía” de Luis Landero.

Y tan seguro estoy del éxito de esta novela que si usted, amable lector, es capaz de abandonar la lectura de la misma una vez superada la página veinte, desde aquí me comprometo a hablar con el autor para que éste le devuelva el dinero.


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Más reseñas en www.masquepalabras.info
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07 mayo 2010

Poemas africanos, de Pepe Rubianes


Una vez, en una entrevista, a Pepe Rubianes, ateo confeso, le preguntaron “¿En qué crees?”. Y él contestó: “Creo en el día a día. Voy tirando hasta que se acabe esto. ¿Que a dónde voy? Me importa un bledo. Por lo menos sé que de todos los que se han ido no ha vuelto ninguno. A algún sitio mejor iré”.

Se equivocó.

Poco más de una año después de su muerte, el genial Pepe Rubianes ha vuelto. De la mano de Now Books, editorial que se ha encargado de editar los poemas que Pepe fue escribiendo en un cuaderno de anillas a lo largo de dos años durante sus viajes a África (dos a Etiopía y uno a Kenia).

Hubo quienes definieron a Rubianes como cómico… También los hubo quienes le encorsetaron como actor… Y hubo otros que le tildaron de bufón, un término que él consideraba “peyorativo, era el hombre que hacia reír al rico. Si a mí un rico me quiere contratar para que le haga pasar la velada, que ya me ha pasado alguna vez, lo mando a la mierda”.

Así era Pepe, un artista integral e íntegro, que hizo y dijo lo que le dio la gana en cada momento. Él no vivía para trabajar ni trabajaba para vivir. Él trabajaba porque le daba la gana y cuando le daba la gana. Por eso, una de las frases más célebres de su espectáculo “Rubianes, solamente” era: “¿Que el trabajo dignifica? ¡Los cojones!”.

Y él nunca paró de hacer lo que le dio la gana. Era un hombre libre, en el más amplio de los sentidos, y en Etiopía se sentía como en su casa: “Paseo por sus calles y aprendo a desprenderme de mí mismo”.

Es uno de los muchos testimonios que se recogen en estos “Poemas africanos”. Es el diario de unos viajes no sólo a unos territorios cruciales en su vida sino a lo más profundo de su interior. Allí deja “felicidad, fragancia de amor, / vacío, soledad, alegría, risa, llanto, / amistad, luz, esperanza, tristeza, vida (…)”

En sus poemas habla de mujeres (“Se llama Marich y es de Gondar. / Es suave y delicada como un sueño de niño”), de paisajes, de recuerdos, de su propia alma vagando por las calles o consumida por el tiempo, de la compañía de la soledad (“Me siento a escribir un poema / porque estoy muy solo”).

Y habla de su admiración por aquellas tierras: “Hay que disfrutar de este silencio y esta paz / casi salvaje y exclusiva (…)”; “Si alguna vez fui feliz fue en esta tierra”…

De hecho, su último espectáculo se titulaba, precisamente, “La sonrisa etíope”, un show que tuvo que interrumpir dos meses después de su presentación, cuando le diagnosticaron un cáncer, y que él mismo explicaba así:

“Lo de LA SONRISA ETIÓPE viene de considerar que la forma de sonreír de este pueblo es de una belleza extraordinaria y de que un pueblo que sabe sonreír así, señores, después de lo que ha sufrido Etiopía a lo largo de su historia, que no les quepa la menor duda de que es un gran pueblo”.

Poco después de un año de su muerte, el genial Pepe Rubianes ha vuelto. Y trae bajo el brazo un libro que nos induce a reflexionar sobre nuestra propia vida, a pararnos un momento y mirar alrededor con calma, un libro que nos invita, sobre todo, a vivir intensamente y a hacer lo que realmente nos dé la gana. Porque lo de que el trabajo dignifica, ¿verdad, Pepe?, ya se sabe: “¡Los cojones!”.


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09 abril 2010

"Rey Lobo", de Juan Eslava Galán



Imaginen un país en el que los diferentes pueblos que lo conforman pelean continuamente unos contra otros; un país en el que sólo se lucha por el poder, por el dominio; un país en el que los jóvenes no quieren trabajar ni hacer nada, ni siquiera escuchan los consejos de los abuelos…

Seguro que a la gran mayoría se les ha venido a la cabeza el Telediario de esta misma tarde y el último capítulo del programa Generación Ni-Ni…

Bueno, pues han acertado a medias… Ese país es España, cierto, pero la España del siglo IV antes de Cristo, la Iberia en la que se mueve la última novela de Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948), “Rey Lobo”.

Ay, la vieja Iberia… Sólo diferente de la actual en que entonces era más difícil que te perdieran las maletas…

Un tema que conoce bien Eslava Galán (el de la vieja Iberia, me refiero, aunque sospecho que el de las maletas también). No en vano, ya publicó hace seis años “Los íberos, los españoles como fuimos”, un ensayo en el recreaba la vida y costumbres de los pueblos que habitaban el sur de la península. Y es precisamente esa minuciosa, a la vez que amena, recreación uno de los aspectos que más destaca de la novela.

En el país de los conejos, como nos conocían por aquel entonces en medio mundo (el otro medio estaba aún pendiente de descubrir), Zumel es un guerrero que, a las órdenes de Cotrufes, se alista como mercenario persa para luchar contra los griegos. Años más tarde, con más heridas que riquezas, deciden regresar. Justo antes de partir, Cotrufes es asesinado. Zumel, entonces, sabe que debe atender a la “devotio”, un código de honor por el cual todo guerrero tiene el deber de combatir con su patrón y de suicidarse ritualmente si este moría en batalla. Sin embargo, se ve obligado a regresar a su poblado, donde vive la mujer que ama y gobierna su amigo de la infancia Trujillo, aquel hijo de poderosos al que en su día cedió el honor de presentarse en el pueblo como autor de la muerte del lobo negro, el “Rey Lobo”, ritual a través del cual los jóvenes alcanzaban la edad adulta.

Ambas circunstancias condicionarán el destino de Zumel, un destino marcado por sucesivos viajes, tanto literales como interiores, y en los que se entremezclan el deseo de vengar a su patrón y el anhelo de vivir en libertad.

El amor y el honor, la venganza y la muerte, las costumbres y las creencias conforman el hilo argumental de un relato que sólo describiríamos a medias si lo enmarcamos en el tradicional género de aventuras o hazañas épicas. Más allá del puro entretenimiento, que lo es, la novela se fundamenta en los exhaustivos conocimientos que maneja con maestría el autor sobre las instituciones y la vida cotidiana de una época de nuestra historia tan apasionante como injustamente desconocida.

Veinte años dice el autor que ha necesitado para recopilar tan completa documentación. Una labor ardua facilitada, si cabe, por el fondo documental existente sobre el yacimiento arqueológico de Puente Tablas, a seis kilómetros de Jaén capital, muy cercano a la Arjona natal del autor y donde está ubicado el Centro Andaluz de Arqueología Ibérica.

La lectura de esta novela puede ser una magnífica excusa para viajar a Jaén a conocer in situ los paisajes del “Rey Lobo” y ver que en esa provincia hay vida más allá de los recurrentes “aceituneros altivos”. Con la ventaja añadida de que puede llegar en tren o autobús y así es más difícil que le pierdan las maletas.




Y, por el mismo precio, la entrevista que le hice al autor para la web "Más que palabras"
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11 marzo 2010

El manual del debutante ruso


Me pasó con la saga de La Guerra de las Galaxias. Tras ver cómo se estiraba el argumento hasta completar una trilogía, pensé que ya estaba bien, que se cerraba un ciclo que haría historia en el cine de ciencia ficción. Pero hete aquí que George Lucas, dotado de un equipo de guionistas rebosantes de imaginación y ávido de rápidas ganancias, se sacó de la manga una trilogía más, precuela de la anterior. Precuela o “por si cuela”. Y coló. Vaya si coló…

Con el recuerdo de esa experiencia empecé a leer “El manual del debutante ruso”, primera novela de Gary Shteyngart (Leningrado/San Petersburgo, 1972) que ya había triunfado en nuestro país hace dos años con “Absurdistán”, su segunda novela, la cual no es la Guerra de las Galaxias pero sí la guerra de dos mundos: Oriente (los países del Este) y Occidente (Estados Unidos, mayormente), mafias rusas mediante.

El problema surgió cuando vi que “El manual…” planteaba una situación parecida. Pensé que la editorial me estaba vendiendo esta novela como una precuela de la anterior… Y también coló.

Vladimir Girshkin, emigrante ruso en Estados Unidos y desencantado de su vida norteamericana, sale del país tras un hilarante cúmulo de despropósitos para engrosar la nómina de una mafia que opera no en Absurdistán sino en la República Stolovaya, que viene a ser muy parecido, con toda su iconografía de los países ex soviéticos, incluida una escultura gigante que representa al pie de Stalin.

A partir de ahí, el empeño del protagonista en poner en marcha “negocios” como el timo de la pirámide o la venta de sedantes para caballos como droga alucinógena va conformando una divertida historia de superación que parece copiada al dictado de la máxima de Groucho Marx: "La humanidad, partiendo de la nada y con su sólo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria".

Con esta primera novela, el autor ganó los premios Stephen Crane Award for First Fiction y National Jewish Award for Fiction. En 2007, fue elegido uno de los mejores novelistas jóvenes norteamericanos por la revista literaria Granta, que es como el Parnaso pero con zapatillas Converse All Star.

Publicaciones como The New York Times Book Review, Time Magazine, The Washington Post Book World, etc., han escrito maravillas de este autor a quien comparan con Martin Amis, Philip Roth y Saul Bellow (por la parte americana que le toca) y con Gogol y Goncharov (por la parte rusa).

Sin querer entrar en discusión con los críticos literarios de estas publicaciones (más que nada porque mi dominio del inglés se remonta al cierre de la academia Opening), pero por señalar algún defecto de la novela, diría que la trama se extiende a través de demasiadas páginas (544, para ser exactos). Si yo hubiera sido Gary Shteyngart, la habría presentado en forma de trilogía. Por si colaba…



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Reseña publicada en la web MÁS QUE PALABRAS
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26 febrero 2010

Egos revueltos


Hay quien sostiene que Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948) es el único periodista capaz de estar en tres sitios diferentes a la vez. Yo añadiría que, además, es capaz de convertir esas tres visitas en tres magníficos reportajes.

Y quizás haya sido ese don de la ubicuidad lo que le ha permitido hacerse con el XXII Premio Comillas, un premio que no pretende exaltar las frases textuales entrecomilladas, sino la Historia, la Biografía y las Memorias.

Comillas es un municipio cántabro famoso por su universidad pero que todo el mundo recuerda por El Capricho de Gaudí y por las alubias del Restaurante Filipinas. Así es la memoria: sibarita y selectiva. Quizás por eso Francisco Ayala bautizase sus memorias con el título “Recuerdos y olvidos”… Quizás por eso Mario Benedetti escribió “El olvido está lleno de memoria”…

Juan Cruz, el periodista que se llama “como el sargento que acompaña a Martín Fierro” (según le apuntó Julio Cortázar), pone sobre el papel los recuerdos que avalan su extensa e intensa vida estrechamente ligada a la literatura. “Egos revueltos” es el desarrollo de lo que Juan Bonilla llamaba “el síndrome del yo-yo” (y solamente yo) y lo que Manuel Vicent explicó de la siguiente manera: “los escritores, de noche, entran en las librerías para colocar sus libros en las primeras filas de las estanterías. Al día siguiente, éstas aparecen salpicadas de sangre; tan cruenta es la pelea entre ellos”.

Este libro se puede leer con la misma intención vacua que el “¡Hola!” en busca de cotilleos más o menos morbosos, que los hay (¿sabían que Bryce Echenique se negó a venderle su casa de Madrid a la eurovisiva Massiel por “pesada”?) o se puede leer con la pasión de estar acompañando de la mano a un testigo privilegiado de la mejor literatura en habla castellana de la segunda mitad del siglo XX. Porque Juan Cruz tiene la habilidad de montar una pastelería a partir de la magdalena de Proust o todo un circo con los “Tres tristes tigres” de Cabrera Infante.

Por las casi quinientas páginas del libro pasean desde los egos inflados hasta la soberbia de Umbral o Cela, por citar tan sólo a dos enemigos íntimos, hasta los egos escondidos, tímidos de Miguel Delibes o Juan Carlos Onetti, quien humildemente afirmaba que poseía una magnífica dentadura, pero que se la había prestado a Vargas Llosa.

De Buenos Aires a Madrid, de Barcelona a Tánger, de Nueva York a París… Todos los egos imaginables revueltos en el mapamundi de las letras, un viaje al interior de unos seres que poco tienen que ver con la imagen que de ellos se da en las solapas de los libros que han publicado.

Al final queda la sospecha de que si Juan Cruz no ha titulado su libro “Confieso que he vivido” es porque se le adelantó Pablo Neruda (“uno de los egos más grandiosos que dio la literatura que uno ha podido tocar”), el poeta que rompió su promesa de no pisar suelo español mientras durase la dictadura franquista cuando el propio Cruz le aseguró que, si bajaba del barco en el que viajaba, en aquel puerto de Tenerife le esperaban unos amigos republicanos, un plato de arepas y unos vasos de güisqui.

Cierro comillas.



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Reseña publicada en la web MÁS QUE PALABRAS
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