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27 octubre 2017

#BEERNES 43 - SETENIL


Que le den un premio a uno de Bilbao no solamente no debería ser noticia sino que, me atrevo a decir, es algo que roza la redundancia. Pero cuando ese premio es literario y se lo dan a un amigo tuyo, las ganas de celebración se multiplican de manera instantánea.


Pedro Ugarte acaba de ganar el premio Setenil al mejor libro de relatos con su “Nuestra historia”. Hace un año, con la aparición de su libro (puedes leer la reseña que escribí AQUÍ), tuve la ocasión de entrevistarle y de conocerle personalmente. Esto fue lo que me contó:


“Me interesa el humor que tiene doble fondo”
Hotel Don Paco. Sevilla. Diez y media de la mañana. A Pedro le sorprende que le estreche la mano acompañando el gesto con un “Egunon” (en euskera, “Buenos días”) Lo agradece, sonríe y el detalle da pie a pequeñas confidencias y coincidencias que no vienen al caso.


Pedro es cercano, sincero, abierto. Aunque hacemos la entrevista en el hall de un hotel del centro de Sevilla, reconozco que me he sentido como si estuviéramos en una mesa junto a uno de los ventanales que dan a los jardines de Albia en el Café Iruña de Bilbao…


Fiel a su costumbre, Jorge sigue siendo el sempiterno protagonista de sus historias. ¿Cómo es el Jorge de “Nuestra historia”?
Sí. Seguramente va creciendo con los años y tiene algo que ver con el narrador. Creo que de las seis novelas que he publicado es protagonista en al menos cuatro y en los cuentos en casi todos. Así que le han pasado tantas cosas que no podría tener una biografía coherente, pero creo que lo importante del personaje es la mirada, o sea, un guiño al lector para que vea a través de ese personaje una mirada que siempre va a ser la misma. Es verdad que ha evolucionado con el tiempo, antes quizás más irónico, ahora más melancólico, pero el personaje es sustancialmente el mismo, de tal manera que un lector mío se pone unas gafas concretas para ver la realidad.


Igualmente, sigue encontrando sus argumentos en las distancias cortas, en lo que le rodea. ¿Cuál es ese escenario hoy en día?
Pues sí, es muy cercana. Y se basa, sí, en esas distancias cortas, en esas condiciones sociales, políticas, económicas, en que nos encontramos. Todo ese universo de la crisis económica está presente, claro. Igual en algunos cuentos de manera muy inmediata y en otros no tanto. Y creo que esta crisis económica que estamos viviendo o que estamos empezando a salir sí que va a dejar algo en nosotros, una conciencia de la provisionalidad. Cuando se firmaban hipotecas a cuarenta años parecía como si estuvieras aceptando una inmortalidad imposible…Eso se ha difuminado. Y lo que va a quedar es la sensación de que la vida es más contingente de lo que nos gustaba creer.


Las diferentes historias parecen pilotar sobre un elemento común que es la felicidad o la ausencia de la misma y, por tanto, su búsqueda. ¿Estamos condenados a ser felices?
Sí, a buscar la felicidad, sí. El verdadero imperativo moral del ser humano es ser feliz. Es una cosa que se escapa de nuestras manos, y que esa sensación de un sentimiento fugitivo permanece siempre tanto en el espacio como en el tiempo.


El humor siempre ha sido una característica importante en su estilo de contar las cosas. En este nuevo libro es un humor más atenuado, más contenido, más lacónico…
Es cierto. Y siendo el personaje sustancialmente el mismo, la verdad es que Jorge, ¡buf!, surgió en 1990, hace ya medio siglo, y sí que ha habido un cambio, y si antes el humor era más ruidoso ahora es mucho más atenuado, más melancólico, y que igual más que buscar divertir al lector lo que intenta es conmoverlo. Me interesa mucho más que el humor directo el que tiene doble fondo.


¿Por qué esa característica de dejar unos finales abiertos tan cerrados?
Yo creo que la técnica del final abierto no es tanto que haya muchos finales sino que el final es sólo uno pero que no lo sabemos. El último cuento creo que es una de las historias más terribles que he escrito, y lo he comentado con algunas personas e igual es difícil de explicar pero yo a veces pienso en ese cuento y me desasosiego. Siempre he dicho que la familia es una cosa complicadísima, porque en ella reside lo mejor de lo mejor y lo peor de lo peor. Y pienso en ese final y sí, es ficción, pero yo mismo siento cierta inquietud pensando en ello.


Su narrativa siempre está muy pegada a la actualidad. ¿Se ve escribiendo otro tipo de géneros?
No rechazo el término realista pero en la literatura se está empezando a tomar esto como algo peyorativo y no lo entiendo. Lo fantástico, frente a lo realista, no tiene que ser bueno a priori. Al poeta Philip Larkin le reprochaban que su poesía era muy realista, muy pegada a la realidad, de bajo vuelo. Y él contestaba preguntándose cómo pasaba la gente su tiempo, si matando dragones o algo así…


Sí que es cierto que, cuando escribo microrrelatos, que es una faceta mía quizás menos conocida, me permito otras licencias que no sean esa visión tan cercana.
Frente a la frase “El dinero no da la felicidad”, usted sostiene que “La felicidad no da dinero”…


Claro. Se elogia mucho la felicidad, pero también hay que ver que la felicidad no da dinero… Hay que decirlo todo. Pero sí que es cierto que tiene una relación dialéctica con el dinero y que pasa en otros libros míos, porque el dinero y las situaciones económicas en otros libros pasan desapercibidos, parece que los personajes en muchísimas novelas nadie paga el recibo de la luz, van a Venecia pero nadie te explica de dónde ha salido el dinero, etc… Hay muchos personajes literarios que viven con unas condiciones económicamente resueltas que yo no me las creo. Y sabiendo que en Literatura no hay temas vírgenes, creo que ese es un tema en el que todavía se puede explorar mucho. En ese sentido, me interesó mucho “Salto de mata”, como se tradujo en España la autobiografía de Paul Auster, porque hablaba de sus problemas económicos, cuando hoy lees otras autobiografías de escritores que parece que vivían de la máquina de ventilación asistida…




Y aquí se cuela en la conversación Encarni, una de las imprescindibles columnas vertebrales que sostienen la exquisita editorial Páginas de Espuma, y la conversación se torna en un amistoso off de record a la espera de un taxi que les lleve a la estación de trenes que van hacia el norte: Atocha – Chamartín – Abando…   



20 octubre 2017

#BEERNES 42 – LA VIDA CIRCULAR...




Ahí estamos. Erguido y en formación, luciendo apellidos en llamativo color rojo en la portada de una revista editada en Buenos Aires. Nada menos que en Buenos Aires, allí donde una vez estuve a punto de quedarme y casi me pasa por encima una cosa que llamaban corralito y que, a pesar de su nombre, no hacía ni puñetera gracia.
A partir de la página 66 puedes leer un relato breve mío que los editores de la revista han tenido a bien seleccionar y publicar.
Sinceramente, a mí me hace muchísima ilusión. A ti, me conformo con que te guste.
Puedes leerlo pinchando AQUÍ.




08 septiembre 2017

Fantasía lumpen



El pasado miércoles, como ya adelanté en su día, me estrené con una reseña en la revista literaria Estado Crítico. Hablaba del libro de relatos “Fantasía lumpen” de Javier Sáez de Ibarra.
Podéis leer la reseña pinchando aquí.
Y a continuación os dejo la entrevista que le hice al autor sobre dicho libro:
Javier Sáez de Ibarra: «Si esperamos a que se hunda el capitalismo para tomarnos una cerveza, seguro que se nos calienta»
Es difícil que te caiga mal alguien con quien, minuto y medio después de conocerlo, ya estás hablando de puros y patxaranes. Es lo que tiene que el autor y un servidor sean medio paisanos de una tierra que comienza la celebración de sus fiestas mayores con un muñeco que se convierte en humano. “Como Pinocho”, exclama Encarni, editora de Páginas de Espuma junto con Juan Casamayor. No es lo mismo, pero la comparación sirve para que la entrevista se demore más tiempo de lo previsto, a pesar de la insolente puntualidad de los trenes que regresan a Madrid desde Sevilla.
—Colegas de piso, parejas, padres e hijos, amigos… Todos en situaciones de precariedad laboral, de fracaso. Y en todos los cuentos sobrevuela la honestidad, el cariño, la solidaridad. Por su parte, el autor también imprime a cada una de las historias del libro una cuidada dosis de humor. ¿Son el amor y el humor los salvavidas a los que aferrarnos en esos tiempos convulsos que provoca la crisis?
—Como mínimo, en un ochenta por ciento, sí. El amor nos salva siempre. Hace falta la lucha social para la mejora de esas condiciones, claro, porque si tienes un contrato precario o un sueldo con el que ni siquiera puedes vivir, al final el amor se resiente y el humor se convierte en mal humor. Por eso digo que no nos salva del todo. No me convence la idea del nido de amor como refugio de ese mundo horrible, no. Pero tampoco somos Superman y no creo que uno pueda estar luchando permanentemente. Incluso diría más: creo que el amor forma parte de la lucha.
—Un capítulo del libro, “La gran huelga”, está escrito a modo de diálogo entre varios compañeros y con frases muy cortas, como si fuera una conversación de Whatsapp o de mensajes de Twitter. Algunas de esas frases, permítame la licencia, funcionan de manera independiente como aforismos y a mí me han servido para convertirlas en preguntas.
Por ejemplo: ¿”El que hace huelga siempre tiene razón”?
—Sí, siempre.
—También afirma: «El odio es lo más importante. El odio lúcido, no el personal». ¿Cuál es la diferencia?
—Por odio personal entiendo el enfado con alguien que me cae mal o me ha hecho una faena, porque no le puedo perdonar. En cualquier caso, creo que hay que superarlo. Y cuando hablo del odio lúcido… La palabra “odio” es muy fuerte, pero a lo que me refiero es a no olvidar las injusticias. No tanto que yo odie al señor que se aprovecha de los trabajadores o los explota, sino que no me puedo olvidar de lo que pasa. De ahí la lucidez: la conciencia de un mal más que un sentimiento destructor.

—«La huelga es el tiempo que nos quitamos para brindárselo al futuro».
—(Sonríe) No lo había pensado, pero ahora que lo has leído sí que funciona como un aforismo… La huelga, claro, es el último recurso. Yo he hecho muchas huelgas, como profesor de instituto, y hay compañeros que no pero que luego se quejan de la ley tal, se quejan del futuro pero no se mueven. Piensan que la huelga no vale para nada más que para perder dinero. Bueno, sirve también para dar ejemplo de honestidad moral, incluso a los alumnos. En ese sentido, es una apuesta de futuro como forma de reivindicar que no nos rendimos.

—«Todo el que hace huelga tiene razón. Siempre. Pero la razón no mueve el mundo. Sino lo contrario». ¿Es esto una crítica a la razón pura, señor Kant?...
—Weber habla de la razón que mueve el mundo, que es una razón económica. La racionalidad al servicio de la economía. Si yo trabajo pero no gano lo suficiente para vivir, eso no es razonable. Si tenemos un servicio productivo que provoca el calentamiento del planeta, eso no es razonable. Si yo antes me podía bañar en un río y ahora no porque está contaminado, eso no es razonable. Es lo contrario de la razón: la irracionalidad.
 —Y al final de ese intercambio de diálogos en el relato, concluye usted: «Y luego, irse a tomar una cerveza»…
—Claro. Si esperamos a que se hunda el capitalismo para tomarnos una cerveza, seguro que se nos calienta. Habremos perdido la vida. Sabemos que nuestra resistencia y nuestra capacidad de lucha son limitadas. Esto puede sonar derrotista, pero creo que es sensato. Por eso no debemos abandonar ni a los amigos ni la lucha.

—El libro cierra con una tercera parte, un capítulo único titulado “Cuento capitalismo”. ¿Es el capitalismo el gran cuento chino que nos han contado?
—Obviamente, sí. Lo que pasa es que es un cuento muy bien contado y muy bien impuesto. Cuando la gente pronuncia la famosa frase “Esto es lo que hay”, eso es un cuento. Lo que hay son muchas más cosas. Hay que superar el cuento para ver lo que de engaño hay ahí. Por eso este cuento está puesto en el libro en último lugar. Es la teoría que enmarca la realidad y que permite situarla y comprenderla. No se trata sólo de quejarse, sino de averiguar el por qué, la lógica que hay detrás de la protesta.


14 julio 2017

#BEERNES - La vaga ambición


Cinco son ya las ediciones celebradas del premio Ribera del Duero, que reconoce cada dos años el mejor libro de relatos de los presentados, los cuales, por cierto, van creciendo en número en cada edición. En este tiempo, hemos podido disfrutar de cuatro libros de excelente calidad, la cual se ha visto refrendada por la respuesta de los lectores sumando reimpresiones y nuevas ediciones.

Para no ser menos, la quinta convocatoria del concurso nos trae a la palestra vencedora a Antonio Ortuño, escritor mexicano que ya se asomó al triunfo en España hace diez años, resultando finalista del premio Herralde con su novela Recursos humanos.

Incluido por la revista Granta en la lista de los mejores escritores jóvenes en 2010, y premiado un año después por la revista GQ como “Escritor del año”, Antonio Ortuño regresa al relato y nos presenta, de la sabia mano de Páginas de Espuma, La vaga ambición, una colección de seis cuentos protagonizados por un escritor, Arturo Murray, quien, mientras se avanza en la lectura y si se conoce mínimamente la biografía de Ortuño, viene a ser una especie de remedo de éste, una excusa para darle una vuelta de tuerca a ese concepto tan manido y tan de moda en la actualidad como es la autoficción.

La vaga ambición es varios libros en uno y, por eso, es recomendable afrontarlo en varias lecturas. La primera de ellas debería ser de simple disfrute, de dejarse llevar por la exquisita mano y el elegante estilo del autor, enredarse en las tramas que propone y disfrutar con el fino humor que se cuela entre líneas, como pidiendo permiso.

Una segunda lectura, más atenta, tiene que ver con la Literatura y con el oficio del escritor. Desde el primer cuento, Un trago de aceite, en el que el protagonista, un Arturo Murray niño, ya es conminado a que cuando sea mayor escriba la historia que acaba de vivir/sufrir, Antonio Ortuño reflexiona sobre los límites de la escritura de tal forma que muchos párrafos podrían haberse extraído de los apuntes de una clase magistral impartida en una universidad norteamericana (no me digas por qué, pero tenía en mente las clases de Julio Cortázar en Berkeley).

Y por último, escondida entre los párrafos de la historia que se cuenta en Un príncipe con mil enemigos, uno se topa con el correo electrónico que le escribe una madre a su hijo confesando que, a pesar de tenerlo todo en contra (marido, amigos, editores…), ella siempre escribió y nunca cejó en el empeño. Ese texto, que ilumina con especial fuerza la  página 102 merece ser leído una y otra vez muy despacio, como saboreando un vino de esos que dan título al premio que nos ocupa. “…Me decía que escribir era la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo. (…) Que escribiera contra todos, me decía, y a pesar de todos”. Y es así cuando uno se convence de que detrás de Arturo Murray está Antonio Ortuño, poniendo en boca de la madre del protagonista las palabras de su propia madre, reivindicándola como escritora, reivindicándose él mismo como digno heredero de esa lucha contra los mil enemigos y reivindicando la Literatura como el noble arte de mentir a conciencia y de vengarse y de pedir la revancha a la vida con la firme convicción de, esta vez sí, ganar.

Pero eso mejor que lo cuente él mismo:

(ENTREVISTA)

“Escribir siempre tiene algo de promesa de venganza”


No tiene que ser fácil estar gritando a las tres de la mañana la victoria del campeonato de tu equipo y afrontar toda una batería de entrevistas de promoción de tu último libro unas horas más tarde.

Catorce horas después me encuentro a un Antonio Ortuño feliz, despierto, amable, lúcido, ávido de conversación. Reivindicando al Chivas de sus amores (no el güisqui, sino su equipo de fútbol) y defendiendo el premio Ribera del Duero con su libro de relatos “La vaga ambición”.

Plagiando un párrafo del primer relato del libro, le pregunto: “¿Por eso escribes? ¿Por mentiroso?”
(Se ríe) Claro, en un principio, sí. Yo era un niño al que su madre le daba dinero para ir a la tienda y volvía sin dinero, sin lo que me habían encargado y con una historia. Y eso me paso mil veces. Y mucho, mucho tiempo después lo relacioné con la narrativa. Esta idea de fabular, de contar la historia no cómo ocurrió sino como quise que ocurriera parece que ya es una actitud literaria en sí misma. Este es un libro que bebe mucho y profundamente de mi vida pero que no es de ninguna manera autoficción, porque al momento de registrar los hechos ya los adulteras, y hacerlo con un lenguaje concreto los deformas también. Narrar es controlar el tiempo y cambias la cronología de lo sucedido, así sea comprimiéndola o estirándola. Ahí estás mintiendo. Otra cosa es que a la mentira, por propósitos estéticos, la llamemos ficción.

No tengo ningún problema en que un narrador sea un mentiroso o un canalla si es buen narrador. Lo prefiero a un santo aburrido. Prefiero jugar al alter ego a decir “soy Antonio Ortuño y me pasan estas cosas”.

Hablando de la “autoficción”, parece que usted le da una vuelta al término, se convierte en personaje y es ese personaje quien hace autoficción…
Efectivamente. Al lector no tiene por qué importarle si yo gané un premio de cuento en la Primaria (que no lo gané), tiene importancia porque está en el cuento. Podría haberme acordado de otra cosa con otra finalidad distinta. Eso hace que la Literatura sea, esencialmente, tomar decisiones. La más sencilla es qué palabra sigue a otra, si es que sigue otra, o un signo de puntuación o ya nada. Se trata de adoptar una postura que se refleje en el texto. Hay un debate en México y en la literatura latinoamericana si los autores leen Teoría Literaria y si toman una postura al respecto. Yo creo que el autor sí que se tiene que hacer muchas preguntas y que eso ya es teorizar. Creo que escribir decentemente bien es tan fácil como ser un decente cirujano de cerebros. Ese nivel de lectura me encanta.

Ortuño confiesa no haber subrayado un libro en su vida, ni haber hecho anotaciones sobre lo leído. Disfruta con los textos y reivindica la Literatura para todos, no sólo para los iluminados que anotan, memorizan frases o buscan referencias en cada punto y aparte y lo exhiben finalmente como un trofeo al alcance de muy pocos.

En todos sus relatos sobrevuela la figura de un protagonista, escritor, Arturo Murray, que vive una serie de experiencias que le llevan de alguna manera a buscar una especie de quijotismo o reivindicación justiciera de la Literatura… Me recuerda, de alguna manera, al Ignatius O. Reilly de “La conjura de los necios”…
Sí (ríe) Me gustaría pensar que hay algo de él en Murray. Yo leí ese libro a los catorce o quince años, me reí mucho y, sin embargo, lo que más me gusta son los momentos más tristes. Intenté la proeza, incluso, de leerlo en inglés. Sí que es un personaje que tiene cierta familiaridad con mi Arturo Murray. Creo que hay un elemento que para mí es fundamental y es que recordamos el pasado para revisar y tachonar lo que somos y por eso nuestra memoria va falseando lo que somos. Murray, mi personaje, busca la explicación de por qué es escritor. Todo lo que le ocurre podría servirle para saber por qué es buen o mal marido, padre, persona. Pero él elige preguntarse por qué es escritor. No sólo revisita su pasado, sino que se inventa como escritor a través de la rememoración de sus experiencias. Frente a todo tipo de vicisitudes externas, él se aferra a la escritura como posibilidad de estar en el mundo.

A lo largo del texto también se ve cómo el protagonista se aferra a la figura de la madre, un elemento fundamental en su condición de escritor…
Sí, Murray se siente un usurpador. En el segundo cuento, por ejemplo, se aferra a la máquina de escribir que utilizaba su madre. Y cuando ella está muriendo y le escribe a él, le deja la responsabilidad de seguir haciendo lo que hace, escribir. Justamente por eso quería que fuera una colección de relatos que estuvieran relacionados y que tuvieran esas resonancias entre unos y otros.

Hablaba al principio de “fabular la realidad”, de contar las cosas como le hubiera gustado que pasaran más que como pasaron. ¿Cree que es la Literatura una especie de segunda oportunidad de la vida, una revancha?...
Claro que la Literatura nos permite hacer eso. Chautobriand escribió para reivindicar su victoria contra Napoléon. Y en nivel más cotidiano, yo habría matado a mis vecinos si no hubiera podido escribir contra ellos en columnas del periódico. También es una forma de convivir, ¿no? Escribir siempre tiene algo de promesa de venganza. Porque el escritor es aquel que se ha quedado a un par de pasos del escenario. Creo que hay un tipo de escritor que se parece mucho a la persona que le gusta mucho bailar pero que decidió no ponerse a bailar en la fiesta y se quedó en la mesa medio burlándose de los que bailan. Esos escritores me caen muy mal. Hay que tomar una actitud. Así, por supuesto que la Literatura te permite esas venganzas, lo comparto con mi amigo, también escritor, Mariño González. Un escritor es una especie de Conde de Montecristo.

El título “La vaga ambición”, ¿lo ha elegido Murray u Ortuño?
Ay… (Ríe) Esa frase que le adjudicaron a Flaubert, que no era suya, “Madame Bovary soy yo”… Es una especie de aterrizaje serio de algo que fue un chiste… Cuando yo era un riguroso inédito, participé en una mesa redonda de “novísimos” en la Feria del Libro de Guadajalara (Mexico). Era el único. Nos pidieron que nos definiéramos como escritores en apenas tres palabras. El que menos usó fueron diez. No éramos una generación con una capacidad de síntesis, ciertamente. Yo me califiqué como “un vago ambicioso”. Vago como perezoso, porque me había costado diez años terminar una novela… Tiempo después recordé aquel personaje de Los Miserables, Grantaire, que tenía la firme convicción de que sí, de que servía para algo, y tenía esa “vaga ambición".

Murray no sabe si es buen o mal escritor, pero por eso escribe. Creo que las personas que en algún momento y a costa de su equilibrio emocional se han preguntado si son buenos escritores lo dejan de hacer o pasan a serlo de una manera doméstica o casi cercana al onanismo. Y los que se convencen de que son buenos escritores son los que decíamos antes que están en el centro de la pista bailando. No me interesa lo que escriban estos. Prefiero a los escritores que oscilan, que se creen buenos pero que dudan. En ese equilibrio creo que está el trabajo literario. Si yo pensara que domino el oficio y que soy magistral, ya no me tomaría la molestia de escribir, pediría que me pusieran un trono en la puerta y que me colmaran de ofrendas de frutas y pavos reales…

Ha mencionado la mesa redonda en la que se juntaron diez escritores de la misma generación. Se les considera la “Generación Inexistente” como sinónimo de “No Generación”. ¿Se siente dentro de una generación?
Claro. El tema lo inventó un amigo mío, Jaime Mesa, que ha ido publicando una serie de artículos en los que revisa lo que hacen los nacidos en México en los setenta, generación a la que él también pertenece, y que implica casi una broma, porque yo no creo que haya nadie del grupo que él identifica que sienta que tiene más afinidades que las que te permiten sentarte a tomar una cerveza. Tenemos trabajos distintos, de tradiciones también muy diferentes. Hay muchas maneras de entender una generación, pero si nos vamos a la definición de un grupo de personas que comparten una estética o una postura literaria, eso no existe en absoluto. Yo tengo mucha admiración por algunos de los escritores de los años setenta y, a riesgo de ofender a los de los sesenta o cincuenta, yo creo que como promoción somos infinitamente mejores. No obstante, no siento con ellos una afinidad especial, ni tampoco con la gente de otros lados. No por sentirme nadie especial, ni mucho menos, sino por no pisar terrenos comunes. No vivo en el norte de México por lo que tengo una buena coartada para no escribir sobre el narcotráfico, por ejemplo. Tampoco soy de la ciudad de México, entonces la literatura urbana del DF tampoco me alcanza. Perfectamente puedo eludir todo eso Me siento más cerca, con todas las diferencias, de Emiliano Monge, porque tratamos temas más políticos y sociales, porque me gusta su trato tan riguroso con el lenguaje, pero tampoco es que tengamos ninguna poética en común… También tengo muchas afinidades con Nicolás Cabal, y sin embargo tenemos unas estéticas y una manera de ver la narración completamente distintas… También tengo una gran admiración por Yuli Herrera. Sería yo incapaz de escribir así, me parece un virtuoso. Pero yo quiero seguir lo que yo hago. Seguramente, como “generación, por aquello de las Ferias y los Congresos, somos los que más kilómetros hemos hecho juntos pero también los que menos nos parecemos. Está bien juntarnos delante de una cerveza pero al final es como si cada uno fuera de un equipo de fútbol distinto. Te puedes sentar con ellos, hablar de fútbol… Pero cuando tienes que hablar de preferencias, allí ya…

Y allí ya… El Chivas, como decíamos al principio, el equipo de Antonio Ortuño, se ha proclamado esta pasada noche campeón de la liga mexicana. Sólo queda darle la enhorabuena y celebrarlo. Con una cerveza, claro. 


16 mayo 2014

En los carteles han puesto un nombre…


En los carteles han puesto un nombre… que resulta ser el mío.

Es extraño no verse con la leyenda de “Se busca” debajo... Pero se agradece.

En todo caso, si me queréis encontrar, ya sabéis dónde estoy esta tarde:

A las siete en FNAC y a las ocho y media en Casa Tomada.


Nos vemos, ¿no?...

14 mayo 2014

Este viernes, no te lo puedes perder…


Este viernes, a las siete de la tarde, en FNAC Sevilla, estaré presentando el libro de relatos del gaditano Enrique Montiel de Arnáiz “Bulerías nazis”.

Prometo no cantar ni invadir Polonia.


Posteriormente, a las ocho y media, en La Casa Tomada (que no es un edificio lleno de okupas sino una librería y un espacio cultural), junto con mi amigo Carlos Frontera, presentamos el espectáculo “TODO TIENE UN FINAL (menos la salchicha, que tiene dos)”.

Una lectura de microrrelatos de humor a dos manos, una cada uno… Sí, es que las otras dos las necesitamos para sujetar los botellines de cerveza…

Prometo leer textos inéditos y devolverle el importe de la entrada, que es gratuita, a quien no resulte satisfecho.


Nos vemos, pues, este viernes, ¿no?...


19 febrero 2010

CIBELES FASHION WEEK


La colección otoño-invierno de la famosa pareja de diseñadores estaba siendo el comentario más extendido durante los días previos al desfile en la sección de moda de todos los periódicos y revistas especializadas. Se rumoreaba que este año daría la campanada con un novedoso diseño que, sin duda, sería referencia obligada de la moda internacional a partir de entonces. Se trataba del secreto mejor guardado por los diseñadores. Todo el mundo esperaba con ansiedad la hora del desfile.

Las modelos desfilaban luciendo trajes más o menos originales, más o menos vistosos, más o menos elegantes. Tan sólo era el preámbulo al diseño tan esperado. Medios de comunicación de todo el mundo mantenían abiertas sus líneas para dar testimonio en directo de la que iba a ser la noticia del siglo.

Cambió la música. Con la sala a oscuras, el cañón de luz enfocó el logotipo de la pared que servía de entrada para las modelos. Sobre la pasarela apareció, por fin, la top model internacional caminando lentamente y luciendo sobre su cuerpo una simple gasa transparente desde el cuello hasta los tobillos y abotonada sobre el hombro izquierdo. “El diseño definitivo”, “la simplicidad hecha arte”, “el Modelo, con mayúsculas”… La ovación no dejó de escucharse durante todo el recorrido de la modelo por entre las bombillas de colores de la pasarela. Los críticos de moda se afanaban en buscar el adjetivo que resumiera aquella maravilla que acababa de conmocionar a todos los presentes. A todos menos a un joven periodista, becario de un periódico local, quien afirmó:

- Pero si va desnuda…

El recuerdo de un cuento de la infancia dejó mudo a más de uno...


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29 enero 2010

Los adosados los carga el diablo


“Tendrías que ver lo bien que lo pasamos, chica. Es un hombre encantador y de lo más caroñoso. Viene sudoroso del trabajo, porque es policía municipal y tiene que estar todo el día en la calle, no me acuerdo si te lo he dicho alguna vez, y cuando llega a casa me pide que le quite la ropa lentamente y le prepare un baño caliente con su espuma y todo eso. Como si fuera un bebé. Más lindo…

…Yo le froto todo el cuerpo con una esponja, muy despacio, sin dejarme olvidado ni un poro de la piel, y él cierra los ojos, le encanta, luego le pongo un albornoz que lavo todos los días con dosis extra de suavizante, le doy una copita de anís con hielo, que es lo que más le gusta, y después hacemos el amor durante una hora o más, según el día y la excusa que se haya inventado en esa ocasión para su mujer…

…Y no te lo pierdas, chica… Lo mejor de todo es que vive justo en el chalet de al lado… Y como aquí las paredes son de papel de fumar, que ya sabes tú cómo construyen últimamente estos pisos modernos, seguro que su mujer nos escucha todos los días, y la pobre sin enterarse de que el que gime y jadea como un loco es su propio marido…

…Sinceramente, eso es lo que más me pone, chica. De verdad, creo que me estoy enamorando. ¿Y él? Buf, está loco por mí, si incluso me ha dicho más de una vez que cualquier día de estos se divorcia de su mujer, pide el traslado y nos vamos a vivir juntos a otro sitio”.

Al otro lado de la pared, la mujer miró a la rejilla del aire acondicionado por la que se colaba aquella conversación telefónica, se levantó del sofá, se dirigió al dormitorio, abrió el cajón de la mesilla, sacó la pistola reglamentaria que su marido había escaqueado de comisaría para su defensa personal y, con las lágrimas empañándole los ojos, se sentó delante de la puerta de la entrada para esperar la llegada de su esposo.


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18 diciembre 2009

Las competencias ni se crean ni se destruyen, sólo se traspasan


Junto a las rejas de cada jaula, en unos pequeños carteles cuidadosamente plastificados y clavados en el suelo, se especificaba con todo detalle el nombre, el alias, la procedencia y las características principales de la historia de cada especie enjaulada. Un mapa, que se entregaba justo a la entrada del recinto, aconsejaba el recorrido ideal para no perder detalle de todas las curiosidades y sorpresas que el parque ofrecía a sus visitantes. Numerosas tiendas exhibían grandes carteles con fotografías de las especies en distintas fases de su vida. Eran el souvenir más reclamado.

Cada temporada, los turistas aguardaban con infinita paciencia durante horas en largas colas a la espera de conseguir entrar en aquel moderno e innovador zoológico. Debido al éxito alcanzado, desde hacía unos meses ya se habían puesto a la venta abonos completos de temporada y pases familiares de fin de semana. Las revistas especializadas de todo el mundo se habían hecho eco del fenómeno y apostaban por que, en un futuro no demasiado lejano, cada país contaría con varios de estos singulares parques temáticos de propiedad estatal que tantos ingresos estaban generando.

Jamás sospecharon los responsables del Ministerio de Interior la gran aceptación que tendría su decisión, a raíz del desastre económico de la anterior legislatura, de traspasar las competencias de los centros penitenciarios al Ministerio de Turismo.

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11 diciembre 2009

Espiral de violencia


Se despertó sobresaltado. Como todos los días, el ruido del choque de las bombonas de butano contra los hierros del camión le había arrancado violentamente del sueño. Eran sólo las ocho y media de la mañana. Enfurecido, se puso el batín y las zapatillas y bajó a la calle dispuesto a cualquier cosa.

Al ver que el camión del butano arrancaba para continuar su itinerario habitual por las calles aún oscuras del barrio, cogió un ladrillo del contenedor de una obra que había junto a su portal y lo lanzó con fuerza contra la ventanilla del conductor. El certero proyectil rompió el cristal y fue a parar a la sien izquierda del trabajador de Repsol Butano dejándole inconsciente en el acto. Ante el asombro y la impotencia de su compañero de reparto, el vehículo continuó avanzando sin rumbo fijo hasta chocar contra el escaparate de una sucursal bancaria atestada de ancianos que guardaban cola a la espera de poder cobrar su pensión mensual.

El hombre se sacudió el polvo de las manos y, tras mirar a ambos lados de la calle para cerciorarse de que nadie había sido testigo de su venganza, subió a su casa, se quitó el batín y las zapatillas y volvió a meterse en la cama con la esperanza de recuperar para siempre la tranquilidad que durante tantos días le habían usurpado.

Justo cuando empezaba a conciliar de nuevo el sueño, llegó la ambulancia con su atronadora sirena a recoger a los ancianos heridos.
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04 diciembre 2009

Despedida sin adiós


Me gustaban aquellos zapatos. Pasaba todos los días por delante del escaparate y allí estaban, apoyados sobre un elegante cubo de terciopelo azul, mirándome fijamente, como queriendo decir “llévanos contigo” pero diciendo en realidad “450 euros”. Jamás podría comprarlos. Mi sueldo apenas me permitía optar a revolver, una vez al año, en las zapaterías de barrio en busca de un calzado en cuya etiqueta no figurara diseñador conocido alguno.

Me consolaba paseando con cierta frecuencia por delante de la tienda y, frente al escaparate, haciendo coincidir los zapatos con la imagen de mis pies reflejados en el cristal. Cada día me colocaba en el lugar exacto y comprobaba como en un espejo qué tal me quedaban aquellos zapatos con la ropa que llevaba puesta. Unos pantalones de pinzas se acoplaban discretamente al conjunto, mientras que el traje gris marengo de las grandes ocasiones se antojaba demasiado claro para ser combinado con el marrón de los zapatos. Definitivamente, desentonaban con la camisa de cuadros pero no quedaban demasiado mal con aquella americana negra y los pantalones vaqueros.

Hasta que llegué con el abrigo negro… Aquellos zapatos eran el complemento perfecto a mi abrigo negro. La caída del abrigo hasta las rodillas parecía prolongarse perfectamente en la línea de los cordones de los zapatos. Por fin había encontrado la ropa perfecta para aquellos zapatos que jamás podría permitirme el lujo de comprar.

Entonces, mi imagen reflejada en el cristal sonrió orgullosa, inclinó la cabeza con inusual elegancia a modo de saludo y, sin más, se marchó por la trastienda con sus zapatos nuevos.
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