En el Café Gijón, junto al
ventanal que daba a la calle, él colocaba el libro sobre la mesa de mármol,
bien visible, justo a las seis de la tarde como habían acordado para poder
reconocerse.
A la misma hora, ella hacía lo
propio en el Café Lyon.
Hemos quedado en la entrada del
cementerio. Pasearemos entre las tumbas leyendo epitafios. Al final, nos
haremos un selfie como recuerdo. Pero uno de los dos nos aparecerá reflejado en
la fotografía…