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07 febrero 2019
21 diciembre 2017
31 julio 2014
El Libro de Oro de don Dinosaurio
A estas alturas, ¿quién no conoce el microrrelato
del dinosaurio de Augusto Monterroso?... Sí, vale, aparte de mi cuñado…
“Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”
Bueno, pues con la excusa de homenajear a tan
famoso texto, la editora francesa Caroline Lepage ha reunido a 53 escritores de
hablas hispana y francesa en una antología que muestra sus respectivas visiones
sobre la historia del dinosaurio.
Yo he tenido la suerte y el honor de ser incluido
en dicha antología. Y estos son mis microrrelatos publicados:
“Cuando
despertó, el dinosaurio ya se había marchado. Dejó una nota diciendo que
motivos imponderables le obligaban a ausentarse aun a riesgo de no pasar a la
Historia de la Literatura Universal”.
----- o -----
“Augusto
Monterroso se despertó sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. El
dinosaurio también se asustó”.
----- o -----
“Cuando
despertó, echó de menos el televisor de plasma, las joyas, la cartera… Y al
dinosaurio…”
----- o -----
“Cuando
despertó, encontró a su lado la cabeza de un dinosaurio y la almohada empapada
en sangre”.
----- o -----
“Cuando
despertó, el dinosaurio, dos camareros, tres pasajeros y los hermanos Marx
todavía estaban allí. Pidió a gritos dos huevos duros”.
----- o -----
Si queréis, podéis leer la antología completa
pinchando AQUÍ.
28 abril 2014
01 febrero 2012
Una fábula sin final feliz

En su sueño, dos inspectores de Hacienda, rifles en mano, vigilaban que no se distrajera de su tarea: construir una enorme rotonda y colocar en su centro una desproporcionada escultura que representaba a un dinosaurio con las fauces abiertas y gesto de tener hambre, mucha hambre.
Con un martillo golpeaba los gruesos clavos que fijarían la escultura al suelo. Y fueron precisamente esos golpes los que le despertaron. Sudoroso, se dirigió a la cocina a beber agua. En su cabeza seguían retumbando los golpes. ¿En su cabeza?...
Se asomó al balcón y, abajo, en la esquina de la calle, dos operarios, martillos en mano, colocaban un cartel en la pared a media altura: “Calle de Don Manuel Fraga Iribarne”.
Recordó a Monterroso.
Con un martillo golpeaba los gruesos clavos que fijarían la escultura al suelo. Y fueron precisamente esos golpes los que le despertaron. Sudoroso, se dirigió a la cocina a beber agua. En su cabeza seguían retumbando los golpes. ¿En su cabeza?...
Se asomó al balcón y, abajo, en la esquina de la calle, dos operarios, martillos en mano, colocaban un cartel en la pared a media altura: “Calle de Don Manuel Fraga Iribarne”.
Recordó a Monterroso.
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