El edificio lleva años abandonado. Los nombres de sus
vecinos hace tiempo que desaparecieron de la parte frontal de los buzones. Sin
embargo, cada mañana estos se siguen llenando de folletos publicitarios, reclamos
comerciales, propaganda… Cada mañana, nuevos repartidores se acercan a los
buzones y depositan en ellos renovadas ofertas de dos o tres por uno. De lunes
a sábado. Todas las semanas…
Lo más curioso es que los buzones nunca se llenan.
Es como si, durante la noche, el edificio se alimentara de esos impresos
masticándolos con la boca de los buzones, abierta de nuevo por la mañana para
recibir nuevas raciones de comida.
Hay quien afirma que, de madrugada, ha escuchado
eructar al edificio, como si mostrara su satisfacción tras la comilona. Los arquitectos
municipales achacan esos ruidos a las grietas de las paredes y a los pequeños desplazamientos
de la estructura, que amenaza con venirse abajo cualquier día de estos, dicen.
Yo prefiero creerme la primera versión. Y algunas
mañanas rompo las páginas de un periódico o de una revista y las deposito en
los buzones como quien ofrece un menú degustación a un grupo de anónimos pero selectos
invitados. Me marcho después calle abajo, discretamente, y susurrando un cariñoso
y paternal “Que aproveche”…