El domingo por la
tarde es una enfermedad como otra cualquiera. Llegará el día en que curemos el
cáncer como ya curamos con anterioridad la peste o las fiebres tifoideas, pero
jamás lograremos dar con el remedio del domingo por la tarde. Mira que lo han
intentado los inventores del cine y antes los descubridores de los paseos por
el parque, del Trivial Pursuit o del café americano en una terraza. Nada.
El domingo por la
tarde se agarra al pecho, dificulta la respiración y nubla la conciencia, a la
vez que provoca la segregación de humores que nada tienen que ver con el buen
humor.
Hay quien trata de
automedicarse a través del convencimiento de que el domingo por la tarde no es
más que la prolongación del esplendoroso domingo por la mañana cuando, en
realidad, no es sino la antesala del lunes, que es mucho peor todavía.
Los hipocondríacos,
los domingos por la tarde, nos armamos de razón y afirmamos aunque nadie nos
escuche: “Si ya lo decía yo…”