Recuerdo que en mi infancia, en
casa de mis padres, el patio olía a comida todas las mañanas. Los aromas de lo
que se preparaba en cada hogar, con las ventanas de las cocinas abiertas, se
mezclaban y daban como resultado un festival invisible y mágico. Todavía lo
recuerdo...
Hoy, en la reunión de la comunidad
de vecinos, he propuesto que hagamos lo mismo, que abramos las ventanas de las
cocinas que dan al patio mientras preparamos la comida. Eso o que retiremos de
una vez el cadáver del vecino que se suicidó el mes pasado.


