En el apartamento de
enfrente no vive nadie. Se lo digo yo, que no soy James Stewart en “La ventana
indiscreta” pero me fijo. Las cortinas están siempre abiertas y dentro campa a
sus anchas la oscuridad. De día y de noche.
A veces me da por
pensar que tengo la llave de ese apartamento, que entro, que no enciendo
ninguna luz, que me asomo a la ventana, que miro hacia mi balcón y que me veo a
mí mismo con cara de asombro al ver que alguien se mueve por el piso.
Desde mi apartamento,
y a esa distancia, no me reconozco, me considero un extraño, un intruso. Es lo
que tiene el desdoblamiento de personalidad. Por un instante, barajo la posibilidad
de llamar a la policía para advertir de la situación. Cojo el teléfono y mi
otro yo, el que está enfrente, me adivina las intenciones, él sí que me conoce
bien, y se funde en la oscuridad para aparecer poco después en la calle
saliendo apresurado del portal vecino.
Cuando llego a casa,
no me dirijo la palabra. Me encierro en mi dormitorio y me dejo sin cenar,
confiando en que yo ya sabré por qué y a ver si así aprendo de una vez por
todas, que ya tengo una edad…