Hace unos días, en el supermercado, una señora se
quejaba a la cajera de que en el folleto que ella había recibido en el buzón de
su casa figuraba una oferta que no se correspondía con el precio marcado en la
vitrina.
Se trataba de una señora de no menos de ochenta
años. Se trataba de una botella de Ballantines de no menos de setenta
centilitros. En el folleto decía diez euros. En la vitrina, doce con cuarenta.
Si la Justicia siempre esgrime aquello de la
presunción de inocencia, el Comercio presume de garantizar que el cliente
siempre tiene la razón.
Lejos de tales premisas, la dependienta del
supermercado comprobó el precio en el folleto y en la vitrina. Y lejos de darle
la razón y la botella a la clienta, espetó: “Señora, es que este folleto tiene errores
topográficos”.
Yo no entiendo de folletos, pero sé lo que son. Yo
no entiendo de Topografía, y no sé lo que es. Así que busco en el Diccionario y
me encuentro con: “Arte de describir y delinear detalladamente la superficie de
un terreno”. Y también con “Conjunto de particularidades que presenta un
terreno en su configuración superficial”.
Deduzco, entonces, que el supermercado, como la
Justicia, es un terreno mágico donde nada es lo que parece. Si los precios son
arbitrarios, así lo serán también los productos. Y donde uno pide huevos, otros
le dan tortilla. Y donde uno pide pena de cárcel, otros le dan libertad sin
fianza.
Ha llegado mi turno en la cola de la cajera del
supermercado. He dejado todo lo que tenía en la cesta y he pedido una botella
de Ballantines. Al precio que sea.



















