En aquellos inviernos, a mi casa llegaba un saco de
carbón todas las semanas. Yo seguía portándome mal, para que no se apagara la
estufa.
-------------------------------
Cuando
Melchor y Gaspar descubrieron que Baltasar tan sólo llevaba en su cofre un poco
de mirra, pronunciaron resignados la que, con el tiempo, se convertiría en una
célebre frase: “The show must go on (el espectáculo debe continuar)”.
-------------------------------
Cuando
terminaron de recoger las cajas y los papeles de regalo y depositarlos en el
contenedor, descubrieron que les faltaba un hijo.
-------------------------------
Los regalos los reparten los Reyes Magos, pero los
carga el diablo. Y cuando abres el paquete y descubres que es un pluma
estilográfica, sabes que, a partir de ese momento, todo va a ir mal.
Tú, que siempre has escrito tus cuentos pulsando
teclas en el ordenador, buscas por toda la casa unos folios en blanco o un
cuaderno con los que poder utilizar tu nueva pluma. Empiezas a escribir y a
trabajar en tu última idea para un relato. Y ya en la tercera frase, o en el
segundo párrafo lo más tardar, el personaje principal se te desmanda. No
obedece a tu argumento y trata de interpretar la historia a su manera. El
protagonista de carácter afable y conciliador se ha vuelto, de repente, un
huraño y un soberbio. Por mucho que tú quieras enderezar su rumbo enfrentándole
a situaciones en las que sólo puede reaccionar de la manera que tú tienes
pensada, él le da la vuelta, rebusca en las lagunas de tu argumentación y se
escapa por entre los huecos que dejan en blanco las líneas que escribes.
Es culpa de la pluma: si no estás acostumbrado a
usarla, los personajes lo notan y se aprovechan de tu debilidad tomando las
riendas de la línea argumental y campando a sus anchas por esos paisajes
nevados que son los folios en blanco. El gesto autoritario, casi dictatorial,
del dedo sobre las piezas del teclado imponiendo el pulso narrativo se torna en
fragilidad e incertidumbre cuando deslizas la punta de la pluma sobre el papel,
temeroso de quebrarla. Igual que los animales ven tu miedo reflejado en tus
ojos, así los personajes de los cuentos sienten tu inseguridad en tu mano.
He sido incapaz de terminar no ya un cuento, sino
un simple microrrelato con la pluma estilográfica. La he devuelto a su elegante
caja y la he colocado en una estantería lejos de la mesa en la que trabajo. De
vez en cuando, mientras tecleo, la miro de reojo y le doy gracias a la
tecnología por lo sumisos y bienintencionados que me salen los personajes en la
pantalla del ordenador.


















